Isabela no tuvo que esperar mucho; Mónica llegó enseguida.
—Isabela, ¿ya llegaron el señor Delgado y los demás? —preguntó Mónica al entrar al hotel y ver a su amiga—. ¿Llegué muy tarde? Había mucho tráfico, estaba desesperada. Cada vez que me toca un embotellamiento, quisiera tener un avión para pasar por encima de todo.
—Ya llegaron. Le pedí a Elías que los atendiera mientras tanto. No te preocupes, vamos.
Isabela tomó a su amiga del brazo y caminaron hacia el elevador.
—¿Elías también está aquí?
Una vez dentro del elevador, como había más gente, guardaron silencio prudentemente.
Cuando salieron, Isabela le explicó:
—Qué mala suerte. Ni siquiera me había bajado del carro cuando me lo encontré. Supongo que vino a cenar y tiene planes para más tarde. Normalmente, siempre está ocupado hasta altas horas de la noche.
A veces, ni siquiera regresaba a casa por días. O quizás se quedaba en alguna de sus otras propiedades; tenía muchas, no solo la casa donde vivían ahora.
En su vida pasada, cada vez que él no volvía a casa, ella lo bombardeaba con llamadas y mensajes preguntándole dónde estaba. Lo acosaba tanto que, al final, él dejó de contestarle el teléfono y de responder sus mensajes.
Su matrimonio con Elías había sido como sostener un puñado de arena: cuanto más fuerte lo apretaba, más rápido se escurría.
Mónica no dijo nada más.
Al llegar a la puerta del reservado, Isabela tocó un par de veces antes de entrar.
—¡Perdón por la demora! La primera ronda de tragos va por mi cuenta para compensarlos—se disculpó Mónica al entrar.
Era la primera vez que se reunía con los accionistas del portal y llegar tarde la hacía sentir muy apenada.
Comieron mientras conversaban. Adrián y Elías hablaron poco, cediéndoles el protagonismo a las dos mujeres. Después de todo, el negocio era de ellas, y ellos no conocían a fondo los proyectos en los que estaban invirtiendo.
El señor Blasco y el señor Martínez ya tenían cierto interés, pero después de escuchar el análisis de Isabela, su entusiasmo creció aún más. Su negocio principal eran las novelas y los videojuegos. Las novelas no estaban generando grandes ganancias, a menos que se volvieran virales en las nuevas plataformas digitales, lo cual era difícil. Esas plataformas apuntaban a un mercado más amplio, dirigido a lectores de mayor edad con poder adquisitivo.
Aunque ya existían las miniseries, la calidad dejaba mucho que desear y mucha gente todavía no tomaba en serio ese formato.
Mientras Isabela analizaba el futuro de las miniseries, la confianza que irradiaba hizo que Elías la mirara sin parpadear. Dicen que una mujer segura de sí misma es la más hermosa, y en ese momento, para Elías, Isabela era la mujer más hermosa de todas.
Se preguntó quién le habría dicho que esa industria explotaría en los próximos dos años para que tuviera tanta fe en ella.
Tenía una gran elocuencia, era persuasiva y convincente. Escucharla hablar hacía que uno quisiera invertir en su proyecto sin dudarlo.
Al terminar la cena, los dos directores ya habían decidido colaborar con el estudio de Isabela. En cuanto la miniserie estuviera lista, harían que su departamento de marketing la promocionara para probar suerte en esa industria.

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