Isabela no tuvo que esperar mucho; Mónica llegó enseguida.
—Isabela, ¿ya llegaron el señor Delgado y los demás? —preguntó Mónica al entrar al hotel y ver a su amiga—. ¿Llegué muy tarde? Había mucho tráfico, estaba desesperada. Cada vez que me toca un embotellamiento, quisiera tener un avión para pasar por encima de todo.
—Ya llegaron. Le pedí a Elías que los atendiera mientras tanto. No te preocupes, vamos.
Isabela tomó a su amiga del brazo y caminaron hacia el elevador.
—¿Elías también está aquí?
Una vez dentro del elevador, como había más gente, guardaron silencio prudentemente.
Cuando salieron, Isabela le explicó:
—Qué mala suerte. Ni siquiera me había bajado del carro cuando me lo encontré. Supongo que vino a cenar y tiene planes para más tarde. Normalmente, siempre está ocupado hasta altas horas de la noche.
A veces, ni siquiera regresaba a casa por días. O quizás se quedaba en alguna de sus otras propiedades; tenía muchas, no solo la casa donde vivían ahora.
En su vida pasada, cada vez que él no volvía a casa, ella lo bombardeaba con llamadas y mensajes preguntándole dónde estaba. Lo acosaba tanto que, al final, él dejó de contestarle el teléfono y de responder sus mensajes.
Su matrimonio con Elías había sido como sostener un puñado de arena: cuanto más fuerte lo apretaba, más rápido se escurría.
Mónica no dijo nada más.
Al llegar a la puerta del reservado, Isabela tocó un par de veces antes de entrar.
—¡Perdón por la demora! La primera ronda de tragos va por mi cuenta para compensarlos—se disculpó Mónica al entrar.
Era la primera vez que se reunía con los accionistas del portal y llegar tarde la hacía sentir muy apenada.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda