—Isabela, Isabela.
¿Quién la llamaba?
Para Isabela, atrapada en el dolor de su vida pasada, fue como ver una luz en la oscuridad.
—Isabela, despierta.
La voz se hizo cada vez más clara. Era Elías.
También sintió que le pasaban un pañuelo por la cara.
—¿Estás teniendo una pesadilla?
—Isabela, Isabela, despierta, despierta.
Elías le secaba las lágrimas con un pañuelo mientras la llamaba.
Se había quedado dormida y no sabía qué pesadilla estaba teniendo, pero lloraba desconsoladamente. Las lágrimas caían sin cesar, como perlas de un collar roto.
Se le partía el corazón.
No había llorado así desde su noche de bodas.
«¿Acaso soñó con nuestra noche de bodas, con las palabras crueles que le dije, y por eso llora así hasta en sueños?».
Isabela abrió los ojos.
Al ver a Elías, se quedó atónita, incapaz de distinguir por un momento si era real o un sueño.
—Isabela, ¿qué te pasa? ¿Qué soñaste? Llorabas de esa manera.
Lloraba como si se le hubiera acabado el mundo. Su expresión era de dolor y desesperación.
De repente, Isabela levantó la mano y le dio una bofetada a Elías. Fue tan fuerte e inesperada que el rostro de él se enrojeció de inmediato.
El chofer se quedó sin palabras.
«Se acabó, se acabó», pensó.
Quería saltar del carro. ¿Sería posible?
Temía que, cuando el señor Silva explotara, él también saliera perjudicado.
Elías levantó lentamente la mano y se tocó varias veces la mejilla abofeteada, mirando fijamente a Isabela.
¿Por qué lo había abofeteado?
¿Acaso su pesadilla de verdad tenía que ver con él?
¡Pero era un sueño!
Con los ojos llorosos, Isabela se miró la mano. Le dolía la palma; había golpeado con demasiada fuerza.
Volvió a mirar a Elías y le hizo una pregunta que lo hizo querer estallar:
—Elías, ¿te dolió?
Elías apretó los dientes.
La excusa de Isabela hizo que Elías casi saltara de coraje.
Isabela miró su rostro enrojecido y dijo con algo de pena:
—Tú tienes la cara dura. Es mejor que te duela a ti que a mí.
Elías la fulminó con la mirada durante un buen rato y, finalmente, dijo entre dientes:
—¡Sospecho seriamente que te estás vengando de mí!
Por eso le había soltado una bofetada así de repente.
Y encima le preguntaba si le dolía.
Cómo no iba a doler, si le había pegado con todas sus fuerzas.
¡Dolía muchísimo!
Tuvo una pesadilla, lloraba desconsoladamente, él la despierta, y ella, en lugar de buscar consuelo en sus brazos, le da tremenda bofetada.
El humor de Elías estaba por los suelos.
—¡A la casa!
Elías le ordenó al chofer con voz áspera que fueran primero a casa, que no irían directamente a la residencia de los Méndez.
Tenía la cara roja e hinchada. No podía presentarse así ante la familia Méndez.

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