—Rodrigo, ¿cuándo me habían humillado así? Nadie en mi vida me había hablado de esa manera. ¡Estoy que exploto del coraje!
—Tranquila, tranquila, no vale la pena que te alteres por esa gentuza. Te vas a enfermar.
Rodrigo no dejaba de consolar a su esposa, temiendo que de verdad le diera algo por el coraje.
Después de todo, llevaba a su hijo en el vientre.
Esperaba que Jimena le diera la bendición de tener un varón al primer intento.
Así, él tendría un hijo, su padre un nieto, y la familia Méndez tendría un heredero.
Sin embargo, mientras más la consolaba, más se enfadaba Jimena. Sus ojos se enrojecieron y las lágrimas comenzaron a acumularse. Incluso se abrazó el vientre y soltó un par de quejidos.
Rodrigo se asustó tanto que estuvo a punto de cargarla para llevarla al hospital.
—No quiero ir al hospital, estoy bien. Es solo por el coraje que me hizo pasar Isabela. Déjame recostarme en el sofá un rato, para que se me pase.
Jimena no quería ir al hospital.
—¿Y qué si se casó con Elías? Legalmente, sigo siendo su hermano mayor. Nadie me puede decir nada si le bajo los humos
—Yo le guardo respeto a Elías, pero ¿quién te lo guarda a ti? Isabela te hizo enojar tanto que hasta te dolió el vientre. Si algo te pasara por su culpa y le ocurriera algo a nuestro hijo, me da igual quién sea. ¡Le voy a partir la boca si no me llamo Rodrigo!
—Desde que se casó con Elías, es verdad que Isabela nos mira cada vez más por encima del hombro. ¡Qué arribista!
Rodrigo ya sentía aversión por Isabela, y después de que ella

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