Elías cambió el celular de mano, liberando la derecha para tomar la taza de café que no había terminado y beber un par de sorbos.
Estaba ocupado, ocupadísimo.
Tan ocupado que ni tiempo tenía para tomar café.
Solo contestó porque era Rodrigo; a cualquier otra persona la habría ignorado.
Le preocupaba que a Jimena le hubiera pasado algo.
—Elías, tengo que pedirte un favor un poco incómodo.
—Somos compadres, casi hermanos. Lo que sea que necesites, solo dilo.
Rodrigo guardó silencio un momento y luego dijo:
—Jimena anda desganada de comer estos días.
—¿Cómo que no ha tenido apetito? ¿Será que la comida que prepara el chef de su casa no le gusta?
—He oído que a las mujeres embarazadas les cambia el gusto. Lo que antes les encantaba, después ya no. Y a veces se les antoja algo con tantas ganas que, si no lo consiguen, se sienten fatal, hasta pueden llorar y hacer berrinche.
Rodrigo le dio la razón:
—Ni me digas, Jimena está exactamente así. La comida del chef de casa le gustaba mucho, pero ahora con el embarazo ya no le apetece.
—Me acaba de decir que para la cena se le antojaron las costillas en salsa de tamarindo que hace Isa. Dice que le quedan perfectas, con ese toque agridulce.
—Elías, ¿crees que Isabela podría darse una vuelta por la tarde para prepararle las costillas a su cuñada? Si le cumple el antojo a Jimena, te lo agradeceré mucho.
Elías no aceptó de inmediato como solía hacerlo.
—Isabela ha estado muy ocupada últimamente —dijo—. Su miniserie empezó a grabarse y está todo el día en el set. Va y viene a deshoras. No te rías, pero llevamos una semana sin vernos.
—No te puedo asegurar que quiera ir a cocinarle a Jimena.
—Pero la llamaré para comentárselo, intentaré que haga un hueco para ir a cocinarle.

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