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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 260

Isabela miró a su madre y recordó que, en su vida pasada, después de su muerte, su madre nunca fue a reclamar su cuerpo.

Su madre la quería.

Si ella moría, ¿cómo era posible que su madre no fuera a verla por última vez?

No podía encontrar respuestas a lo que sucedió en su vida anterior. Lo único que podía hacer ahora era evitar cometer los mismos errores.

Valorar la oportunidad de estar viva.

—Mamá, ¿quieres que la investiguemos? —preguntó, refiriéndose a la amante del señor Méndez.

—Si alguien tiene que investigarla, no seremos nosotras. Lorenzo es muy astuto y no tenemos muchos contactos. Si intentamos averiguar algo sobre ella, Lorenzo se enterará, se enojará, y saldremos perdiendo.

—Isa, cuando un hombre te dice que te ama, en ese momento, de verdad te ama. Y cuando deja de amarte, también es de verdad. No apuestes a sus sentimientos o a su remordimiento, porque lo más probable es que termines perdiéndolo todo.

—Conozco a muchas esposas de empresarios, tanto grandes como pequeños. Siempre recuerdo lo que me han dicho.

—Dicen que mientras el hombre siga volviendo a casa, se preocupe por la familia, traiga dinero y se interese por los hijos, a sus aventuras de fuera hay que hacerles la vista gorda.

—¡Ay! Isa, tu suegra vino a buscarme. Quería que te impidiera empezar tu negocio, pero me negué.

—Quiero que seas económicamente independiente, que no vivas una vida tan frustrante como la mía. No se puede confiar en los hombres. Es mejor confiar en una misma. Trabaja duro, y en el futuro, te irá mucho mejor que a mí.

Isabela reflexionó y pensó que su madre tenía algo de razón. Era un asunto privado entre su madre y el señor Méndez, y si su madre no quería que se metiera, no lo haría. Confiaba en que su madre sabría manejar la situación.

—Ya encontraré la manera de que Rodrigo se entere de que su padre tiene un hijo secreto. Que se peleen entre ellos.

Mientras hablaba, conducía, y pronto llegaron a la residencia de los Silva.

La señora Méndez detuvo el coche frente a la gran mansión de su yerno y dijo:

—Ya es tarde. Entra a descansar. Yo no voy a pasar.

—Mamá, ya que estás en la puerta, entra un momento a tomar un vaso de agua.

—No, mejor me voy ya.

Isabela, resignada, no tuvo más remedio que bajarse del coche.

Su voz estaba cargada de ira.

—Isabela, soy yo, Álvaro.

La voz cálida de Álvaro que llegó desde el otro lado la sorprendió.

El sueño se le fue de golpe. Se sentó en la cama y encendió la luz rápidamente.

Su mente ya estaba trabajando a toda velocidad. ¿Por qué la llamaría Álvaro a estas horas de la madrugada?

—Señor Morales, es muy tarde. ¿Sucede algo?

Álvaro miró a un Elías completamente borracho y le dijo a Isabela con resignación:

—Elías está de mal humor, me llamó para que saliera a beber con él.

—Bebió demasiado, está ebrio. Le dije que lo llevaría a casa, pero no me deja. Insiste en que vengas a recogerlo. Dice que si no vienes por él, no vuelve a casa.

Isabela sintió unas ganas inmensas de gritar: «¡Pues que no vuelva! ¡Como si me importara!».

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