—Isabela, ¿no quieres tener una relación marital conmigo? —preguntó Elías, molesto.
En la noche de bodas, cuando ella descubrió la verdad, lloró desconsoladamente. ¿Por qué ahora que él sí quería, ella ya no?
—No, no quiero. Porque tu corazón no me pertenece. No me gusta que mi hombre esté pensando en otra mujer mientras tiene intimidad conmigo.
—Y menos quiero que, en un momento de pasión, me uses como un reemplazo de Jimena. A menos que tu corazón me pertenezca por completo, pero eso es imposible. Y yo ya no voy a ilusionarme como antes, esperando que te enamores de mí.
—Recuerdo que me dijiste que estabas dispuesto a darme el estatus y la posición de la señora Silva, una vida sin preocupaciones, pero que nunca me darías tu amor.
—Ya me resigné. Me conformo con la buena vida material, tu amor ya no lo anhelo. Y si no hay amor, no debería haber sexo. Me daría asco.
Elías se quedó sin palabras.
—Le dije a tu mamá que no funcionabas porque me estaba presionando para que tuviéramos hijos. No me quedó de otra.
—¿Y por qué tenías que decir que el problema era yo? —replicó Elías, encontrando un punto para discutir.
—Si digo que el problema eres tú, tu mamá deja de insistir y yo puedo vivir en paz. Si hubiera dicho que el problema era yo, ¿crees que nos dejarían tranquilos? Tu mamá te obligaría a divorciarte de mí, y a mí me presionarían para que fuera a tratarme, a tomar todo tipo de medicamentos.
—Me parece que tu mamá te tiene miedo. Si digo que el problema es tuyo, todos ganamos y podemos seguir viviendo nuestra vida sin presiones.
—…Paso por ti más tarde, vamos a comer juntos —dijo Elías, cambiando de tema. No quería seguir discutiendo sobre eso, porque sabía que no tenía la razón.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda