Elías la fulminó con la mirada. Cada vez que ella coqueteaba con él, siempre salía ganando.
Aunque no tenía experiencia en… eso, no era un ignorante. Sabía de qué iba el tema desde que era un adolescente.
La risa descarada de Isabela encendió la impulsividad de Elías. En un arrebato de ira, extendió su brazo, la atrajo hacia él y, moviéndose rápidamente, selló sus labios rojos con precisión.
Era esa boca la que siempre decía cosas que lo sacaban de quicio.
Hacía tiempo que quería callarla.
Esta vez, Elías no se contuvo y, guiado por el instinto, la besó con pasión.
Isabela se quedó helada por un segundo. Cuando reaccionó, ya no podía apartarlo y se vio obligada a recibir su beso.
Un buen rato después, la soltó.
—Me voy a trabajar.
Dejó caer esa frase, se dio la vuelta, abrió la puerta del coche y caminó a paso rápido hacia el edificio de oficinas.
Isabela, que tenía un arsenal de insultos listos para lanzarle, lo siguió con la mirada y, tras un momento, masculló:
—Maldito infeliz.
¿A qué venía esa actuación de amor y devoción?
Seguramente era su orgullo herido. Como ella estaba aprendiendo a no amarlo, su ego se sintió dañado y ahora quería reconquistarla.
¡Ja! ¡Ni hablar!
¿A qué venía tanto esfuerzo ahora?
¿Acaso no sabía que un amor tardío vale menos que nada?
Y además, esto ni siquiera era un amor tardío. Él no la amaba.

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