—¡Isabela Méndez!
Vanessa gritó su nombre con severidad.
Que su madre la llamara por su nombre completo era señal de que estaba furiosa.
Isabela maldijo a Elías mil veces en su mente, pero en su rostro tuvo que poner una expresión muy sincera y disculparse nuevamente con él.
—Elías, fue mi culpa hace un momento. No debí desquitarme contigo por el coraje que hice afuera.
Elías dio unos pasos y se paró frente a Isabela. Extendió la mano para acariciar suavemente el cabello de ella y dijo con tono dominante:
—¿Quién te hizo enojar? ¡Dímelo y yo iré a ajustar cuentas con él!
Isabela levantó la mano y apartó la de él.
Elías giró la cabeza y le dijo a Vanessa:
—Mamá, Isabela no se está disculpando sinceramente, ni siquiera deja que la toque.
—¡Elías!
Isabela agarró una de sus manos de golpe.
—Mira, ya te toqué.
Luego, jaló su mano para esconderla detrás de la espalda de ambos y le dio un fuerte pellizco en el dorso de la mano.
Elías sintió dolor, pero no volvió a quejarse para acusarla.
En su atractivo rostro apareció una leve sonrisa, lo que enfureció tanto a Isabela que le dieron ganas de golpearlo de verdad.
El señor Silva, cuyo humor había mejorado después de acusarla con su suegra para que ella le «sacara el coraje», la atrajo hacia sus brazos delante de Vanessa.
Isabela quiso forcejear, pero él le susurró al oído:
—Tu mamá está mirando.
¡Isabela le clavaba agujas a un muñeco vudú en su mente!
—Mi amor, ¿quién te hizo enojar? ¿Me lo puedes decir? ¡Quiero ver qué hijo de la chingada tuvo los huevos para hacer enojar a mi esposa!
Elías actuaba como si realmente le doliera verla así.
—Mamá, Mónica, vamos a ver los muebles.
Isabela no quiso responderle a Elías; dijo eso y jaló a Elías hacia afuera.
Ella caminaba a zancadas largas, y pronto, la joven pareja se alejó bastante.
—¡Isabela, realmente pensaste en venderme!
—¡Y solo por doscientos millones! ¿Solo valgo doscientos millones? ¿A tus ojos soy una baratija que solo vale eso?
El corazón del señor Silva recibió un duro golpe.
Él, el gran señor Silva de la familia Silva, el líder del Grupo Silva, cuyos activos personales alcanzaban los miles de millones, sin mencionar la gran herencia que recibiría de la familia...
Él era una mina de oro andante, y ella estaba dispuesta a venderlo.
¡Y solo por doscientos millones!
—¿Precio de remate? ¿Doscientos millones es precio de remate? ¿Qué le enseñas a los demás? Yo he vivido dos... en toda mi vida no he visto doscientos millones juntos.
Ni en dos vidas había visto esa cantidad.
Y él decía que era una baratija.
—Isabela, ahora no es momento de hablar de precios. Dime, ¿quién quería comprarme? ¿Emilia? ¿Eva Montero? ¿O alguien más?
Elías pensó que era alguna de sus admiradoras.
Quien podría sacar doscientos millones sería Emilia, probablemente.

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