Lorenzo se acercó con su taza en la mano.
—Siento que hay algunos problemas con estos documentos, pero como ya los firmaste y sellaste, papá, quería pedirte que los corrigieras.
Rodrigo abrió los documentos que había traído y le señaló a su padre dónde estaban los errores.
Luego, le entregó los papeles y tomó la taza de manos de su padre para dirigirse a la pequeña área de cafetería.
La oficina de Lorenzo era enorme; estaba dividida en una zona de recepción, el área de trabajo, una sala de descanso y la cocineta.
Rodrigo entró en la cocineta y asomó la cabeza para preguntar:
—Papá, ¿quieres té o café?
—Solo un vaso de agua. La comida del almuerzo estaba un poco salada y tengo sed.
Rodrigo soltó un «ah», y procedió a servirle el agua. Una vez servida, dejó el vaso, sacó rápidamente un pequeño sobre con polvo, lo abrió y estuvo a punto de verterlo en el agua.
Pero se detuvo.
Su padre iba a beber agua, y el agua es incolora e insípida. Ese medicamento tenía un ligero sabor amargo; aunque pusiera solo un poco, su padre lo notaría al primer trago.
Mejor no hacerlo ahora. Esperaría a que su padre quisiera café para buscar una oportunidad y añadirle el fármaco de efecto lento.
Esa droga no era letal, pero erosionaría gradualmente el sistema nervioso de su padre. En resumen, podía convertir a una persona normal en un enfermo mental.
Su padre seguía inclinándose hacia esa mujer y su hijo allá afuera.
No quería cederle la mitad de las acciones de la empresa por ahora; claramente planeaba repartirlas en el futuro entre él y ese bastardo.
¿Por qué?
Él era el heredero de la familia Méndez. Había sido hijo único durante treinta años y hacía mucho que consideraba todo lo de la familia Méndez como propio. Incluso cuando su padre le daba alguna pequeñez a su madrastra, él y su esposa buscaban la manera de recuperarlo.
Rodrigo había intentado investigar a Nuria, pero su padre lo descubrió y se lo impidió. Sin embargo, Jimena había ido a pedir ayuda a su familia, y su cuñado se encargó de investigarlo todo con lujo de detalle.
Esa desgraciada había sido secretaria de su padre. Con razón le resultaba familiar; era la exsecretaria.
Pero antes de que él entrara al Grupo Méndez, Nuria había sido despedida por su padre supuestamente por errores laborales.
Ahora veía que el despido fue una farsa; en realidad, fue para que Nuria se cuidara durante el embarazo.
Su padre lo había ocultado muy bien.
Si no fuera porque la zorra quería oficializar su estatus y buscó a alguien para tomar fotos y enviárselas anónimamente a la señora, ellos seguirían en la ignorancia.
Ni Rodrigo ni la familia Castillo tenían pruebas de que las fotos fueran obra de Nuria, pero sospechaban de ella, ya que era la principal beneficiada.
Las amantes nunca quieren ser amantes para siempre; con el tiempo, y con suficientes cartas bajo la manga, siempre buscan ascender y convertirse en la señora de la casa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda