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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 393

Tras una pausa de varios minutos, continuó hablando con voz grave y expresión solemne, sin atreverse a mirar a Isabela.

—Los tres crecimos juntos. Yo estaba acostumbrado a ver a Jimena todos los días, a platicar con ella. Cuando estaba de mal humor, bastaba con ver su sonrisa gentil para sentirme mejor.

—Rodrigo no me dejaba ver a Jimena y eso me dolía, pero no quise discutir con él. Luego se me ocurrió una idea: convertirme en el yerno de la familia Méndez.

—Isabela llegó a la familia Méndez con su madre cuando tenía cinco años. La conozco desde hace veinte años; sabía que tenía un carácter débil, que era obediente y fácil de manipular. Entonces yo… bueno, el resto de la historia ya la saben.

—Me casé con Isabela usándola como una pieza de ajedrez. Siempre que ella visitaba la casa de su madre, yo la acompañaba o iba a recogerla, y así podía ver a Jimena. Rodrigo no podía decirme nada, después de todo, mi suegra es su madrastra y vive en la villa de los Méndez.

—En la noche de bodas, le conté a Isabela la verdad sobre el matrimonio. Me insultó, me dijo que era un fraude y lloró muchísimo. Le dije que le daba el estatus de señora Silva y que la protegería ante los demás, asegurándole una vida sin preocupaciones materiales.

—Pero le dejé claro que no la amaría y que no tendríamos vida marital; desde ese día dormimos en habitaciones separadas.

—No es que tenga ningún problema físico ni psicológico, es que… en ese entonces no amaba a Isabela y no quería tocarla. Mi mamá nos presionaba para tener hijos y le metía presión a Isabela, por eso ella inventó la excusa de que yo no funcionaba.

Al principio nadie se sorprendió, pero conforme escuchaban, todos fruncieron el ceño.

Solo Sofía estaba contenta.

Ella lo sabía. Por muy bonita que fuera Isabela, no podía robarle a su hermano. Resulta que su hermano solo la usaba como un peón.

—Fui yo quien le falló a Isabela. Jugué con sus sentimientos, la obligué a vivir como una monja estando casada. Ella es totalmente la víctima. Así que, mamá, dejen de atacar a Isabela.

—Su hijo es el patán, su hijo es el desgraciado. No es que Isabela sea una seductora, no me dio ningún toloache ni me tendió una trampa.

—Apoyo el emprendimiento de Isabela porque no quiero que esté ociosa en casa, pensando tonterías o yendo a buscarle problemas a Jimena.

Consideraba que su sobrino se había equivocado garrafalmente.

Elías no dijo nada y dejó que sus tías lo reprendieran.

Desde que él empezó a hablar, Isabela no había dicho ni una palabra.

Cuando las tías terminaron de regañar a Elías, Isabela habló:

—Elías, ya que admites que me engañaste y me hiciste daño, ¿puedes divorciarte de mí? Déjame ir.

Por una vez, Sofía se puso del lado de Isabela y dijo:

—Hermano, si no la amas, pues divórciate.

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