Sin dejar que Elías respondiera, Sofía continuó:
—Si quieres ver a Jimena, no es necesario ir a la casa de los Méndez. Yo puedo invitarla a salir y la ves cuando quieras, ¿no?
—¿Para qué atarte con un matrimonio?
Valeria también apoyó a su hija:
—Eli, ya que Isabela te lo suplica, divórciate de ella.
Se ahorraría doscientos millones de pesos.
Si hubiera sabido que su hijo solo se casó con Isabela para usarla como peón, no se habría molestado en gastar tanto, rebajándose innecesariamente.
—¡No quiero divorciarme!
Elías hablaba en serio, con una expresión muy grave.
Miró a Isabela y dijo:
—Isabela, lo que te dije antes es verdad. Quiero aprender a soltar a Jimena. ¿Me das una oportunidad?
—Elías, no la vas a soltar. Es un amor de más de diez años, no lo dejarás así como así.
—No puedo creer que seas sincero. Perdí la confianza en ti desde el momento en que me engañaste con este matrimonio.
—Elías, si sientes que te equivocaste y que me fallaste, divórciate y devuélveme mi libertad. No quiero seguir actuando, estoy agotada.
Elías insistió obstinadamente:
—No me voy a divorciar. Ya te dije que puedo aprender a dejarlo ir. Somos esposos, vamos a pasar la vida juntos. Yo, Elías Silva, solo me caso una vez en la vida.
Isabela lo miró fijamente un buen rato, se puso de pie y dijo a los presentes:
—Es muy tarde, me voy a casa.
No quería seguir discutiendo con Elías.
Ese imbécil no la amaba, pero insistía en arrastrarla al abismo con él.
¡Era un egoísta, un patán, una mala persona!
Todos la siguieron con la mirada hasta que su figura desapareció por la puerta principal. Solo entonces reaccionaron.
Valeria se levantó rápidamente, se acercó a Elías y le acarició la mejilla golpeada con dolor.
—¡Te pegó! ¡Se atrevió a pegarte! Yo que te parí y te crié nunca me atreví a ponerte un dedo encima, y ella te golpea. Mira cómo te dejó la cara… Si no fuera porque le fallaste, ¡te juro que la denunciaba por violencia doméstica!
Elías apartó la mano de su madre.
—Mamá, no me voy a divorciar de Isabela. No importa lo que piensen o digan, no me divorciaré. Si lo hago, ella se alejará cada vez más de mí.
Sabía que aún no estaba completamente enamorado de Isabela, pero ya se había acostumbrado a tenerla cerca. Sabía que, si se divorciaban, ella se alejaría y pronto tendría nuevos pretendientes.
La idea de que Isabela pudiera casarse con otro le provocaba pánico.
Por eso, por más que Isabela lo insultara o lo abofeteara, él se aferraba a no divorciarse.
De todas formas, ya lo habían tachado de patán; no le importaba cómo lo vieran o lo insultaran los demás.
—Mamá, no vuelvas a molestar a Isabela. No le ofrezcas dinero para que me deje. No me voy a divorciar. Como dije, ¡solo me dejará si enviuda!

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