Elías la miró con renuencia en los ojos.
Tenía muchas ganas de arrepentirse.
Finalmente, dijo en voz baja:
—No me he echado para atrás, pero Isabela, todavía tengo una oportunidad, ¿no?
»Mientras no estemos divorciados, seguimos siendo esposos y es mi deber tratarte bien.
»Isabela, mira cómo me comporto durante este tiempo y luego decide si realmente quieres divorciarte, ¿te parece?
Isabela comía mientras le respondía:
—Elías, estoy comiendo. No digas cosas que me quiten el apetito. Cuando termine de comer y haga la digestión, hablas lo que quieras, no vaya a ser que lo vomite todo.
»Y no hace falta que actúes. Haz lo que tengas que hacer, ve a donde quieras ir. No consideres mis sentimientos, no voy a cambiar de opinión.
Elías extendió la mano queriendo tocarle la cara, pero ella lo esquivó y lo fulminó con una mirada de advertencia.
—Elías, no me toques o te pongo el tazón de arroz de sombrero.
En los ojos de Elías se reflejó el dolor.
Ni siquiera dejaba que la tocara.
Todavía eran esposos, podían dormir en la misma cama, podían tener la intimidad de una pareja.
A Elías se le ocurrió una idea: si en este tiempo lograban consumar el matrimonio y tener intimidad real, y luego ella quedaba embarazada, tal vez dejaría de insistir en el divorcio.
Se quedó mirando a Isabela fijamente; su mirada se volvía cada vez más ardiente mientras la recorría de pies a cabeza.
—Elías, ¡aunque nos acostemos, igual me voy a divorciar!
Las palabras de Isabela dejaron a Elías desconcertado. ¿Acaso leía la mente?
Sabía exactamente lo que él estaba pensando.
—Isabela, ¿así de fácil me dictas sentencia de muerte?
Tenía mayordomo y sirvientes en casa. Si él lo hacía todo, ¿para qué les pagaba?
En ese momento, con tal de que Isabela cambiara de opinión, se esforzaba al máximo.
Quería ser lo más atento posible.
Cuando Elías terminó de lavar los trastes y salió del baño, Isabela ya había caído en brazos de Morfeo.
Elías: «...Se durmió apenas terminó de comer».
Guardó los utensilios y los recipientes térmicos, sacó su celular y se quedó pasmado: ¡había estado lavando trastes durante casi una hora!
Había puesto mucho jabón y enjuagado una y otra vez; sin darse cuenta, se le había ido el tiempo. Con razón Isabela se había dormido.
Se sentó en el borde de la cama, miró a Isabela dormida y no pudo evitar inclinarse, acercándose con la intención de besarla.
Unos pasos afuera lo asustaron y se enderezó de golpe.
Qué barbaridad, querer robarle un beso a su propia esposa y sentirse como un ladrón.

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