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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 522

Isabela mordía una manzana.

Elías la miró con resentimiento un buen rato antes de caminar hacia el sofá cama y sentarse, todavía observándola con molestia.

Isabela le extendió la mitad de la manzana que estaba comiendo y preguntó:

—¿Quieres?

—No. Se me quitó el hambre del coraje.

— Pues qué conveniente. Te llenas sin comer. Para comer hay que abrir la boca, qué cansado.

Elías: «...»

—Mejor duérmete ya, ponte a soñar. Cuando sueñes quién fue el que me mató, capaz te mueres del susto. Espero que tu corazón sea lo bastante fuerte para aguantar la cruda verdad.

Elías no dijo nada.

Se quedó sentado un buen rato y luego se acostó de verdad.

Pero daba vueltas y vueltas, incapaz de dormir.

—Isabela, no puedo dormir. Hablemos.

Elías se incorporó.

—Creo que no tenemos nada de qué hablar.

Ya se iban a divorciar, ¿qué más había que decir?

Ella no iba a perdonarlo, no iban a volver, y él jamás la amaría.

Mejor seguir el plan: en cuanto le dieran el alta, irían a tramitar el divorcio. Cada quien por su lado, felices y sin estorbarse.

—Si no puedes dormir, ¿quieres que te ayude?

Isabela lo miró con una sonrisa maliciosa.

—¿Cómo me vas a ayudar?

Elías notó la travesura en su mirada y sintió curiosidad.

Isabela se bajó de la cama.

—Despacio, todavía no estás bien.

Elías saltó del sofá y corrió a su lado para sostenerla.

—¿Para qué te levantas?

—Siéntate. Siéntate en ese sofá.

Isabela le ordenó volver al sofá cama.

Elías obedeció.

Ella se paró a su lado, respiró hondo y, de repente, con una mano le bajó la cabeza para exponerle la nuca, y con la otra le dio un golpe fuerte con el control remoto.

¿La enfermera?

Esperaron un momento, pero nadie entró, así que descartaron a la enfermera.

Isabela volvió a su cama, se acostó despacio y le dijo a Elías:

—Sal a ver.

No hacía falta que se lo dijera, él ya iba a salir.

Cuando Elías abrió la puerta, se encontró con Jimena parada en el umbral.

Jimena llevaba su bolso en un brazo y una bolsa roja de regalo en la otra mano. Parecía una caja de suplementos caros, colágeno hidrolizado importado.

—Elías, ¿Isabela ya se durmió? Vine a verla.

Jimena no había logrado sacar información útil en la casa de los Silva y, al no entender el cambio repentino de actitud de Elías, decidió venir al hospital.

Lo había pospuesto varios días, pero tenía que cumplir con la visita.

Al fin y al cabo, Isabela seguía siendo su cuñada política.

Por primera vez, Elías tuvo el impulso de cerrarle la puerta en la cara.

Pero, al final, se hizo a un lado para dejarla pasar, respondiendo con frialdad:

—Ya se iba a descansar. ¿Por qué vienes a estas horas?

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