—A ella ya no le importa, y ahora yo me arrepiento. Marco, ¿a poco no soy un imbécil?
—La verdad, hermano, y no te enojes... ¡pero sí eres un imbécil! Con Jimena hiciste lo mismo: ella no le había dado el sí a Rodrigo, pero tú no te atreviste a declararte ni a competir por ella.
—Y cuando ya se juntaron, te pusiste en plan de mártir enamorado. ¿Eso no es ser imbécil?
—Y ahora con mi cuñada, la misma historia.
Elías: «...Yo...».
No tenía defensa.
¡Era un patán!
—Isabela ya salió del hospital. Deberías ir a casa a verla un rato. Huir no arregla nada.
—Tienes que dar la cara. Si no vas, capaz que empaca sus cosas y se va. Luego te va a costar un triunfo verla. No te vayas a arrepentir después ni te pongas a ahogar penas en alcohol, porque ella ya no va a estar ahí para cuidarte como antes.
La expresión de Elías cambió.
No había pensado en eso.
Con la prisa que tenía Isabela por divorciarse, era muy probable que, al salir del hospital, fuera directo a empacar y largarse.
En esa casa no tenía muchas cosas.
Con dos maletas le bastaba para llevarse todo.
Elías llamó de inmediato a Alex y a Tomás por la línea interna, encargándoles la empresa porque se iba a tomar unos días para asuntos personales.
Tras organizar todo, se bebió el té de un trago y salió disparado de la oficina.
Marco se quedó pasmado.
«¿Era necesario correr así?».
Desde que le dio el consejo, su hermano ni lo volteó a ver, lo ignoró por completo y lo dejó ahí tirado.
La enorme oficina quedó con Marco sentado solo.
Ana salió a recibirlo, extrañada. —¿Por qué regresa solo? ¿No daban de alta hoy a la señora? Pensé que usted había ido por ella.
Ana llevaba horas esperando.
—Tuve mucho trabajo, no me dio tiempo. Le pedí a la abuela que fuera. ¿No la trajo?
Ana negó con la cabeza. —No, la señora Fátima no ha venido hoy. ¿Será que se fueron a la mansión?
—Ay, señor... es que también usted... Que su esposa salga del hospital es importante. Por más trabajo que tenga, debió hacerse un espacio.
Ana le recriminó la falta de prioridades. Elías intentaba recuperar a Isabela, pero en el día que salía del hospital, brilló por su ausencia.
Sí, el trabajo es importante, pero hay gerentes y otros hermanos que podían cubrirlo.
Cuando Isabela lo necesitaba, él nunca estaba. ¿Así cómo quería que lo perdonaran?
¡Qué desesperación!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda