Elías sacó el celular y llamó a la señora Fátima.
Cuando contestó, preguntó con voz grave: —Abuela, ¿te llevaste a Isabela a la mansión?
—No, Isa quiso irse a casa de su mamá. Dijo que se quedaría allá unos días para que la cuidaran.
—Yo quería traerla a la mansión, pero no quiso. Tiene prisa por pintar su raya con nosotros.
La señora Fátima suspiró.
—Elías, ya deja de esconderte. No sirve de nada. Isa ya tomó su decisión.
—Nosotras ya vamos de regreso. Como se van a divorciar, quedarnos en casa de tu suegra era incómodo. Nos trataron con una cortesía muy fría, ya no nos ven como familia.
Antes, los Silva miraban por encima del hombro a sus consuegros; ahora, eran los consuegros quienes no querían saber nada de ellos.
Todo se lo habían buscado.
¡Elías se lo merecía!
—Voy para casa de mi suegra ahora mismo.
Elías colgó, dio media vuelta y le ordenó a Ana:
—Si no estoy y viene Isabela a sacar sus cosas, trata de entretenerla. Que me espere.
Ana lo siguió hasta la puerta. —¿Va a ir a buscarla para traerla?
—No creo que quiera venir. Me quedaré a dormir allá.
Era el último día. Elías quería hacer un último intento.
—Señor, llévese un par de mudas de ropa. Allá no debe tener nada suyo.
Ana sabía que Vanessa se había mudado de la casa de los Méndez.
Si Vanessa siguiera en la casa familiar, Elías tendría ropa, ya que antes solía quedarse allí cuando se emborrachaba. Pero en la nueva casa, no.
—Me da flojera subir. Ana, prepárame una maleta rápida y mándamela con el chofer a casa de mi suegra.

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