—¡Me das asco! ¿Qué clase de "niña bien" eres? Eres una cualquiera, comes de un plato pero tienes el ojo en otro. ¡Qué descaro, querer robarle el marido a tu cuñada!
Jimena se puso roja de coraje. —Conozco a Elías desde hace casi treinta años, Isabela es la que llegó después. Elías y yo somos amigos de toda la vida, confidentes, entre nosotros no hay nada sucio. ¡Lárgate! ¡Vete de aquí ahora mismo!
Nuria volvió a jalar su maleta hacia adentro. Jimena abrió los brazos bloqueando la entrada.
—¡Quítate!
Nuria empujó a Jimena con fuerza. Cuando el mayordomo quiso intervenir para ayudar a Jimena, Nuria le soltó una patada que lo hizo retroceder hasta caer sentado en el suelo.
—¡Esto no es asunto suyo! Si no quieren perder su trabajo, ¡lárguense!
Nuria amenazó al mayordomo: —Muy pronto voy a ser la dueña de esta casa. Si se atreven a ayudar a esta tipa a molestarme, en cuanto me case, ¡los corro a todos!
Aunque no la ayudaran, pensaba despedirlos de todos modos. Quería gente leal a ella. El control de la casa de los Méndez sería suyo, sí o sí.
Lorenzo entró justo en ese momento. Había discutido con su hijo por teléfono y, temiendo que las mujeres se mataran, regresó para enfrentar el desastre. Jamás imaginó ver semejante escena. Nuria peleaba mejor que Vanessa; Vanessa era demasiado suave y sumisa, nunca alzaba la voz ni levantaba la mano.
—¿Qué están haciendo? —gritó Lorenzo con voz autoritaria.
Al oírlo, Nuria se tiró a sus brazos llorando: —Lorenzo, si no llegas, me matan.
Jimena vio a su suegro y quiso acusarla también, pero al recordar que estaba casi desnuda por los jirones de ropa, se cubrió el pecho con los brazos y corrió escaleras arriba lo más rápido que pudo.

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