—Sí, pero que no sea muy lista. Si es muy inteligente va a querer más de la cuenta y nos va a salir el tiro por la culata. Y otra cosa: tienes que apurarte a tomar el control de la empresa. Teniendo la sartén por el mango, no importa cuántas mujeres, nuestro dinero estará seguro.
Jimena le recordó a su esposo la prioridad.
Rodrigo respondió: —Mi papá no suelta las riendas, no es tan fácil quitárselas. A menos que... se enferme. No he encontrado el momento para ponerle aquellas pastillas en la comida. La tal Valdez se la pasa diciéndole a mi papá que yo quiero hacerle daño.
Jimena resopló: —Eso lo hace para ponerlos en contra. Si le pones el polvo en la sopa o en el café, no se va a dar cuenta. No necesitas mucho, solo una pizca diaria para que se le patine el coco, le dé un infarto cerebral o algo así. Si no le da un derrame, que se vuelva loco y lo metemos al manicomio. De cualquier forma, el Grupo Méndez será nuestro.
Rodrigo no planeaba matarlo, solo incapacitarlo. Un derrame que lo dejara en cama o que perdiera la razón para encerrarlo. Así podría tomar el mando legítimamente. Y aunque el bastardo tuviera derecho a herencia, si él controlaba la empresa, ¿quién iba a darle un centavo a Iván? Si era capaz de hacerle eso a su padre, no tendría piedad con su medio hermano. Sin el padre protegiendo a Nuria, Rodrigo los aplastaría como cucarachas.
—Hagamos esto: dame la mitad de la sustancia. Cuando cenemos en casa, yo se la pongo en la sopa. Y tú se la pones en el café en la oficina.
Rodrigo objetó: —Si de la nada me pongo a prepararle café a mi papá todos los días, va a sospechar. Necesito que su secretaria esté de mi lado.


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