Esa frase que le dijo a Jimena marcaba su determinación de dejar atrás sus sentimientos por ella.
—¡Elías, Elías!
Jimena, frustrada, le gritó dos veces, pero él no se detuvo ni le respondió.
Llena de rabia y rencor, no tuvo más remedio que salir tras él.
Pero no tenía ningún derecho para impedir que Elías pusiera la villa a nombre de Isabela.
Al salir del Registro Civil, Jimena vio a Álvaro. Acababa de llegar; su auto de uso diario, un Maybach, estaba estacionado en la entrada.
Álvaro bajó del auto sosteniendo un ramo de flores.
Su aparición atrajo las miradas de todos.
La cara de Elías se oscureció al instante.
Instintivamente, se interpuso frente a Isabela, bloqueándole la vista para que no hablara con Álvaro.
Jimena se quedó perpleja, sin entender qué hacía Álvaro allí. No podía ser por una boda, si Álvaro ni novia tenía.
Y si no era boda, ¿qué hacía con un ramo de flores en el Registro Civil?
—Álvaro, ¿tú qué...?
Jimena le preguntó: —¿Qué haces aquí?
Álvaro la miró un par de segundos y luego dirigió la vista a Elías. Le preguntó:
—¿Trajiste a tu amor platónico a tu divorcio con Isabela?
—Jimena vino a convencernos de no divorciarnos —respondió Elías con frialdad—. Álvaro, ¿tú a qué viniste?
Álvaro pasó de largo a Jimena y se plantó frente a Elías. Extendió la mano, apartó a Elías suavemente y quedó cara a cara con Isabela.
Álvaro le entregó el ramo de flores a Isabela.
Isabela lo miró sorprendida.
Él la miraba con una sonrisa.


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