Sin importar cuántas caras tuviera Jimena o cuántas cosas malas hubiera hecho, Elías elegía tolerarla por amor, incluso ayudándola a resolver problemas y encubriéndola.
Isabela tardó un buen rato en decir:
—Sí, su amor por ella es real.
El verdadero amor de Elías, en ambas vidas, nunca fue ella.
—Isabela, eres joven y cada vez más exitosa. En el futuro encontrarás a un hombre mejor que Elías que solo te ame a ti.
Álvaro intentó animarla:
—Elías no es el indicado. Su matrimonio fue un error desde el principio. El divorcio es lo mejor para ambos.
—Lo sé, y no estoy triste. Si nos hubiéramos divorciado hace tres meses, seguro estaría destrozada, llorando a mares y queriendo morirme.
—Pero ahora, ya dejé atrás lo que sentía por él. El divorcio fue algo en lo que yo insistí. Él repetía que sabía que se había equivocado, que cambiaría y me pedía una oportunidad.
—Decía que, aunque no me amaba cuando nos casamos, había pensado en pasar toda la vida conmigo.
—Ja, no amarme, pero querer pasar la vida conmigo... dejarme vivir sola estando casada mientras él se mantenía casto para su «amor».
—Me ofreció un matrimonio así como si me estuviera haciendo el gran favor de mi vida, como si yo no pudiera vivir sin él o como si nunca pudiera volver a casarme.
Elías, su familia, y también Rodrigo y Jimena, pensaban que el hecho de que Elías estuviera dispuesto a vivir con ella era una limosna por la que ella debía estar eternamente agradecida, comportándose como una buena señora Silva.
—Ya no hablemos de él. Ya solicitamos el divorcio. Cuando pasen los treinta días y tenga el acta, cada quien por su lado.
—Tampoco pienso en volver a casarme. Primero voy a administrar bien mis negocios; hacer dinero es lo importante.


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