Elías dijo con seriedad:
—Isabela, no estoy loco, estoy arrepentido. Sé que la regué y reconozco mi error.
»Sé que ahorita no vas a creer nada de lo que diga, pero no importa, tenemos toda una vida por delante.
»Aunque nos den el acta de divorcio, voy a volver a conquistarte. Ya te lo dije: en esta vida solo he tenido una esposa y eres tú.
Isabela se levantó.
—Haz lo que se te dé la gana.
»Tengo que bajar a atender a los clientes. Ponte hielo en la cara tú solo.
Al decir esto, hizo ademán de irse.
Elías se levantó de un salto y la agarró del brazo, poniendo cara de perro apaleado.
—Isabela, mira cómo me dejaron. ¿De verdad no te duele ni tantito verme así? Antes, si estornudaba, te ponías toda nerviosa.
»Ándale, ayúdame a ponerme el hielo, ¿sí?
Isabela se soltó de su agarre.
—Antes te amaba y me importabas, por eso me preocupaba por ti. Pero mi amor se fue a la basura. Ahora no te quiero ni te necesito; si vives o mueres me da igual.
»Seguro habrá alguien a quien le duela verte así. ¿Quieres que le marque a Jimena para que venga a consolarte? O la señorita Montero también podría venir, al fin y al cabo es la mejor amiga de tu hermana.
Elías puso cara de pocos amigos.
—Elías, cuídate tú solo.
Isabela se fue sin más.
Ni loca le iba a ayudar con el hielo.
—Isabela, mi amor, esposa mía...
Elías la siguió, intentando rogarle que se quedara.
Isabela ni siquiera volteó. Dijera lo que dijera, ella no iba a responder.
Al final, Elías solo pudo ver cómo Isabela se metía al elevador y las puertas se cerraban.

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