De hecho, los amigos de Elías no eran malas personas. En su vida anterior, ella no había tenido mucho contacto con ellos, ya que Elías rara vez la llevaba a sus reuniones.
En las pocas ocasiones que coincidieron, ella pudo percibir la bondad en ellos.
Elías solía advertirle que Álvaro no era ninguna perita en dulce. Decía que personas como ellos, criados desde pequeños para ser los sucesores de sus familias, no podían carecer de astucia; ¿cómo iban a ser unos santos inocentes?
Ella nunca había afirmado que Álvaro fuera un santo. Sabía perfectamente que, en el mundo de los negocios, sin un poco de colmillo no se sobrevive.
Incluso ahora que ella misma hacía negocios, a veces no podía permitirse ser demasiado bondadosa.
Mientras no tuviera conflictos con Álvaro, todo estaba bien.
—Señor Morales.
Isabela Méndez detuvo el auto.
—Mete el coche —dijo Álvaro.
—No es necesario, aquí está bien.
No pensaba quedarse mucho tiempo. Dejar el auto en la entrada de la villa le facilitaría la salida.
Álvaro no insistió en que metiera el coche a la cochera.
Le bastaba con esa pequeña mentira para tenerla ahí.
¿Cómo no iba a tener ungüentos en su casa? En el botiquín familiar no faltaba ninguno de los medicamentos de uso diario.
Había mentido porque quería que Isabela se preocupara por él, que le doliera verlo así y viniera a visitarlo.
A las empleadas domésticas les había dado el día libre.
Sí, Elías no se equivocaba. Isabela no conocía en absoluto a Álvaro; no sabía que este hombre, siempre elegante y de sonrisa fácil, en realidad no era tan gentil ni tan ingenuo como aparentaba.
Isabela estacionó, tomó el ungüento que había comprado y los dos recipientes con sopa aguada para llevar, y bajó del auto.
Álvaro extendió la mano para ayudarla, pero ella se apresuró a decir:
—Señor Morales, está lastimado, no cargue nada. Yo se lo llevo adentro.
Álvaro, de todos modos, le quitó los envases de comida de las manos.
—Solo tengo golpes en la cara, mis manos están bien. ¿Me compraste dos sopas?

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