Álvaro invitó a Isabela a sentarse en el sofá y fue a servirle un vaso de agua.
Cuando iba a ir a lavar algo de fruta, Isabela lo detuvo.
—Señor Morales, no se moleste con la fruta. Solo vine a dejarle la medicina y me regreso enseguida.
Álvaro sonrió.
—Está bien. Si no te vas a quedar mucho tiempo, dejaré la fruta para después.
Se sentó frente a Isabela.
—Señor Morales, ¿quiere ponerse el ungüento primero? Cúrese primero y luego cenamos.
Álvaro tomó la bolsa, sacó el frasco de linimento y leyó las instrucciones.
—Mejor cenamos primero y luego me curo. Quiero aprovechar que la comida está caliente.
—Me parece bien.
Álvaro dejó el frasco sobre la mesa.
Isabela abrió una de las bolsas, destapó el envase desechable y se lo acercó a Álvaro.
—Señor Morales, no sabía qué tipo de caldo le gusta, así que pedí uno de carne magra.
El de ella era de verduras.
—No soy melindroso —dijo Álvaro—. Hace mucho que no tomaba una buena sopa. Se ve bien, seguro sabe rico.
—Está bueno. Antes iba seguido a desayunar ahí, me gusta su sazón.
—Isabela, qué pena me da que tengas que traerme la cena. Es la primera vez que vienes a mi casa y no puedo atenderte como se debe.
Isabela ya había empezado a comer.
—Con que no me culpe es suficiente —dijo entre cucharadas—. Si no fuera por mí, Elías no lo habría golpeado. Ustedes son buenos amigos y, por mi culpa, su amistad se vio afectada.
—Elías… lo que tiene son celos —dijo Álvaro mirándola fijamente, queriendo ver su reacción—. A él le cuesta dejarte ir.
Elías era su rival de amores, ¿para qué iba a hablar bien de él?
—Sus sentimientos por Jimena son muy profundos, es difícil que la olvide —dijo Álvaro—. Hacen bien en divorciarse, no te quedes atada a un matrimonio sin amor toda la vida.
—El divorcio salva vidas.
Isabela soltó la frase sin pensar. Al ver que Álvaro la miraba extrañado, se apresuró a explicar:
—Me refiero a que tiene demasiadas admiradoras, y esas mujeres no pierden oportunidad para hacerme la vida imposible.
—Aunque no les tengo miedo, son muchas. Es fácil ver venir el golpe de frente, pero las puñaladas por la espalda son las peligrosas. Por más cuidado que tenga, puedo tropezar. Que me hagan daño por su culpa no vale la pena.
Álvaro sonrió levemente.
—Es cierto que Elías tiene muchas pretendientas, pero nunca les ha dado entrada. No lo conoces de apenas ayer, llevan veinte años tratándose. ¿Alguna vez has escuchado algún chisme suyo?
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