Fue entonces cuando Álvaro habló:
—Caro, Isabela ha tenido un día muy pesado, deja que vaya a descansar. Yo estoy bien, son puros rasguños, con un poco de medicina y un par de días de reposo estaré listo.
Considerando que Isabela sí había estado muy ocupada y cansada, Carolina no tuvo más remedio que despedirla junto con su hermano.
Cuando Isabela se fue en su auto, Carolina volvió a subir al suyo y lo metió a la cochera.
Álvaro cerró el portón de la villa.
—Hermano, Isabela por fin viene a la casa y no se te ocurrió invitarla a algo más para que se quedara.
—Mírame como estoy, ni hambre tengo. Me duele hasta moverme. Si la obligaba a quedarse, solo iba a sentirse más culpable y tampoco iba a comer a gusto.
Álvaro se tocó las mejillas.
—Me duele hasta hablar. Le pedí que me trajera un caldito y me lo acabé a duras penas.
Carolina vio las heridas en la cara de su hermano y sintió pena.
—¿Qué le pasa a Elías? Se volvió loco, te pegó con ganas. Hermano, ¿no te defendiste?
—Claro que me defendí. Elías también quedó bastante mal. Lo que me duele a mí, le duele a él. La diferencia es que yo tengo a Isabela preocupándose por mí, y él no. Que se muera de coraje.
Carolina rio.
—¿O sea que se pelearon por amor?
—Podría decirse. Elías tiró el primer golpe. Si me pega, obvio se la devuelvo, yo no tuve la culpa.
Los hermanos caminaron hacia la casa.
—Elías me preguntó si pensaba cortejar a Isabela cuando tuvieran el divorcio. Le contesté con la verdad, se puso furioso y pasó lo que pasó —explicó Álvaro.
Carolina resopló.
—¿Ahora resulta que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido?
—No creo que la ame realmente, es más bien culpa. Creo que el remordimiento le pesa más —dijo Álvaro, y tras una pausa añadió—: Aunque algo de cariño debe haber, al fin y al cabo estuvieron casados varios meses.
La convivencia diaria suele generar afecto.



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