Antes, en el corazón de ella solo existía él.
Ahora, él era el hombre al que ella le cerraba la puerta.
—¿Quién te dijo? —preguntó Isabela.
¿Acaso había puesto gente a vigilarla?
—Fui a tu tienda en la noche y no estabas. Les pregunté a las empleadas y dijeron que habías ido a llevarle medicina a alguien.
Isabela apretó los labios y dijo:
—Dejaste al señor Morales hecho un cristo. Fui a llevarle medicina para limpiar tu desastre.
—Elías, ahora que estás más calmado, te digo que...
—Isabela, llevo dos horas esperando aquí. ¿Me dejas entrar un momento? Sentémonos a platicar.
Elías interrumpió a Isabela, pidiendo entrar a la casa.
Isabela guardó silencio un momento y preguntó:
—¿Ya no tienes llaves?
Parecía recordar que él no se las había devuelto.
Elías respondió:
—Ahora esta es tu casa. Aunque tenga llave, No quise entrar sin tu permiso, no quiero que te enojes.
Isabela hizo una mueca.
—Pues abre el portón y mueve tu coche para que pueda meter el mío.
Ya con su permiso, Elías abrió el portón con su llave, subió a su auto y entró a la villa, estacionándose por costumbre frente a la casa principal.
Al reaccionar, pensó en retroceder, pero vio que Isabela ya venía detrás, así que lo dejó así.
Bajó del auto y fue a cerrar el portón.
Isabela no lo esperó y entró a la casa.
Elías se quedó parado frente a la entrada principal, aturdido. ¿Cómo habían llegado a esto?
Esa casa era su hogar.


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