Elías se quedó sin palabras.
— Isabela, no tienes corazón.
—Ya estamos tramitando el divorcio, es mejor ser crueles de una vez.
Elías no supo qué responder.
—Si no hay nada más, regresa a descansar. Yo también voy a dormir.
Isabela lo estaba corriendo sutilmente.
—Esta casa es enorme y vas a vivir sola, ¿no te da miedo? Si quieres, me quedo a acompañarte. Tranquila, no voy a intentar nada, te lo prometo.
—No hace falta, no tengo miedo.
La seguridad de la zona era excelente. Isabela confiaba en los guardias; la gente que vivía allí era rica o poderosa. Ella, una señora Silva caída en desgracia y a punto de ser echada por su familia política, ¿qué tenía que temer?
Otros tenían más dinero, vidas más valiosas, y no tenían miedo.
Había vecinos a ambos lados. Al volver, vio que en la casa de al lado, la del señor Montiel, aún había luces encendidas.
Por eso no tenía miedo.
—Isabela...
—Elías, ¿quieres que llame a seguridad para que te saquen? Dijiste que esta casa me la quedaba yo, y ya estamos haciendo el traspaso.
Las escrituras pronto estarían a su nombre.
Elías sintió una amargura insoportable en el pecho.
En silencio, tomó el vaso de agua que no había terminado y se lo bebió de un trago.
Al dejar el vaso, la miró unos minutos más. Al ver que ella no tenía la más mínima intención de pedirle que se quedara, se levantó decepcionado y le dijo:
—Está bien, me voy.
—Que descanses.
Él sacó un juego de llaves y las puso frente a Isabela.
»Ana, no sé si podré recuperarla. Tengo mucho miedo. Miedo de que termine casándose con otro. Ese imbécil de Álvaro... se atreve a desear a Isabela. ¡Es mi mujer! ¡Está deseando a mi mujer!
»Y yo que pensaba que era mi hermano del alma. Con razón siempre me decía que Isabela era inocente, que yo no estaba siendo justo y que la estaba lastimando.
»Sospecho que le echó el ojo a Isabela desde hace tiempo, pero como es mi esposa, no se atrevía a hacer nada.
Ana preguntó con sorpresa:
—¿A don Álvaro le gusta la señora Isabela?
—No es solo gusto, es amor. Lo veo en sus ojos. La mira diferente. Aunque trata de disimularlo muy bien. Le hablé mal de él a Isabela, le dije que tenía segundas intenciones, pero ella no quiso escuchar ni media palabra. No me cree.
Álvaro se había pasado de la raya.
Ana solo pudo decir:
—Señor, usted y la señora se conocen desde hace veinte años y llevan casados poco tiempo. Si de verdad quiere arreglar las cosas, creo que tiene muchas posibilidades.
Pero por dentro pensaba: «¿Será karma?». El señor Silva deseaba a la mujer de otro, y ahora otro deseaba a su mujer.

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