—Voy para allá ahora mismo.
Valeria también estaba algo molesta.
No solo por la regañiza que le acababa de poner su nuera, sino por la hipocresía de su hija. Le había dicho que estaba en clases de etiqueta y resultó que se había escapado para causarle problemas a Isabela.
Después de acusarla con Valeria, Isabela llamó a Elías.
—¡Elías, ve ahora mismo a mi cafetería y controla a tu hermana!
»Te lo advierto, si no pones en cintura a Sofía y dejas que siga yendo a mi local a buscar problemas, ¡no voy a tener piedad!
Colgó sin darle oportunidad a Elías de responder.
Se subió al coche y arrancó.
Elías la llamó dos veces, pero como iba manejando, no quiso contestar.
Mientras tanto, en el Café Aura, Sofía seguía con una actitud cínica, gritando:
—¡Llamen a Isabela! ¡Que venga y se tome este café delante de mí!
»Si ella se lo puede tomar, entonces admitiré que el café de este lugar no tiene problemas y se puede beber.
Mónica mantenía la compostura con esfuerzo.
—Señorita Sofía, ¿qué problema tiene nuestro café? ¿Por qué dice que no se puede beber? Desde que abrimos, todos los clientes que han venido lo han aprobado.
»Tampoco nadie se ha quejado de los pasteles. Pero llega usted y resulta que el café es imbebible. Viene con ganas de molestar, ¿verdad?
Sofía se recargó en el respaldo de la silla, con arrogancia.
—Me vale lo que digas. ¡Quiero ver a Isabela! ¡Que se tome este café frente a mis ojos!
»Los pasteles no están mal, de eso no me quejo. Pero este café sabe horrible, tiene un sabor raro.
Mónica tomó la taza, la olió y dijo:
—¿Qué sabor raro?
Con razón su amiga no soportaba a su cuñada. Con ese carácter tan déspota, ¿quién la aguantaría?
Mónica les indicó a los meseros que siguieran trabajando y se alejó para sentarse tras la caja registradora.
Vio que, en cuanto se alejó, Sofía se cambió de lugar para darle la espalda.
Luego, Sofía levantó la taza de café que tanto había despreciado y se la llevó a los labios. Mónica no alcanzó a ver si bebía o no.
Sofía no bebió. Al cambiarse de lugar y quedar de espaldas a Mónica y a todos, sacó un sobrecito con un polvo que le había conseguido Jimena. Jimena le había dicho que hiciera que Isabela se lo tomara.
Así, Isabela haría el ridículo en público.
En su bolso tenía también polvos pica-pica.
El plan era que cuando Isabela llegara, la obligaría a beber el café con la droga, y luego le echaría los polvos pica-pica para que, además de hacer el ridículo, se muriera de comezón.
Sofía fingió beber, pero en realidad, cuando la taza estuvo cerca de su boca, vertió rápidamente el polvo dentro y agitó el líquido.
Esperó a que el polvo se disolviera.

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