Álvaro le entregó a Isabela toda la comida y bebida que había pedido para llevar.
Como era de esperarse, Isabela no rechazó su amabilidad; aceptó el desayuno y le dio las gracias.
—Isabela, me voy primero, tengo que correr para llegar a la junta de la mañana. Ya comeremos juntos otro día que tengas tiempo.
Álvaro no se quedó mucho tiempo. Ni siquiera entró a la oficina de ella; se marchó en cuanto Isabela tomó el desayuno.
Realmente tenía prisa por llegar a su empresa para la reunión.
Isabela tenía la intención de invitarlo a pasar por una taza de té, pero al escuchar que tenía prisa, no quiso retenerlo. Lo acompañó hasta el elevador y luego regresó.
La jefa de redacción la miraba con una sonrisa pícara.
—¿De qué te ríes? —preguntó Isabela.
La editora sonrió y dijo:
—Isabela, se me hace que el señor Morales tiene intenciones contigo.
—Para nada, él me ve como a una hermana menor, ya sabes que Caro y yo somos muy buenas amigas.
—¿El señor Morales dijo que te ve como hermana? Mira, tengo experiencia en esto y se nota. La forma en que te mira es diferente, y es muy atento contigo. Dijiste que no habías desayunado y, mira, enseguida te trajo el desayuno.
—Ni el señor Silva era tan atento.
Al mencionar al hombre que pronto sería su exmarido, Isabela comentó:
—Él también me trajo el desayuno, pero como ya nos vamos a divorciar, no quiero dar pie a malentendidos ni mantener lazos innecesarios, así que rechacé lo que trajo.
La editora soltó un «oh».
—El señor Silva rara vez viene a la empresa, yo pensaba que no era detallista. Pero si ya se van a divorciar, es mejor mantener la distancia.
No todas las parejas pueden ser amigos después del divorcio.
Con que no terminen como enemigos, sacándose los trapos al sol y culpándose mutuamente, ya me doy por bien servida.
—Anda, vete a desayunar. Cuando termines, platicamos sobre el guion.
Isabela asintió y entró en su oficina con el desayuno que Álvaro le había comprado.
Después de comer y tomarse el café, Isabela sintió que recuperaba la energía.
—Espérame tantito, voy a la cocineta a prepararlo.
Dicho esto, Álvaro entró en el área de servicio.
Elías se recargó en el respaldo del sofá, con la cabeza hacia atrás, mirando al techo, perdido en sus pensamientos.
Álvaro supuso que venía por el asunto de Isabela.
Una vez listo el café, Álvaro sirvió una taza para Elías y otra para él.
Salió con las dos tazas, puso una frente a Elías y se sentó en el sofá de enfrente.
No le preguntó a qué venía; sabía que Elías lo diría por sí mismo.
—Esta mañana, fuiste tú quien llevó a Isabela a la oficina, ¿verdad? —dijo Elías.
—Sí, fui yo. Isabela me llamó, dijo que no podía manejar y me pidió que le diera un aventón. Últimamente nos encontramos seguido en el camino.
Elías lo miró y, sin rodeos, expuso su mentira:
—No tienes que actuar conmigo. ¿Cuál encuentro casual? Tú provocas esos encuentros a propósito.

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