Melina dijo:
—Yo tampoco tengo mucha confianza con la señorita Delgado. Siempre tiene esa actitud de «no se me acerquen», pero creo que es buena persona. Al menos nunca ha hablado mal de mí.
Isabela rió:
—¿Juzgas el carácter de las personas basándote en si hablan mal de ti o no?
Melina también rió.
—No es solo eso, pero la gente que no habla mal de mí a mis espaldas, por lo general no es tan mala. En nuestro círculo social, de verdad hay mucha gente a la que le caigo mal.
—Les caes mal porque te tienen envidia. Tienes buena familia, eres capaz, guapísima, excelente en todo, y encima tienes quince hermanos y eres la única hija; todos te consienten.
—Hasta yo te tengo envidia, de verdad naciste con estrella.
Melina sonrió.
—Admito que tengo buena suerte. Mi familia me mima, tengo respaldo y puedo vivir libremente, sin ataduras.
—Sé que me tienen envidia, por eso inventan cosas para destruirme. Dicen que soy arrogante, caprichosa, irracional, que me creo mucho y que las veo por encima del hombro.
—Y sí, las veo por encima del hombro, porque todas son unas hipócritas de muerte. En el círculo de la alta sociedad de Nuevo Horizonte, hay muy pocas herederas que valgan la pena, por eso no me gusta juntarme con ellas.
—Me da flojera su falsedad. Tú dices que me envidias, pero no eres como ellas, que desearían verme arruinada. Tú envidia es sana. Aunque no me rebajo a discutir con ellas, no me chupo el dedo.
—Sé perfectamente quién se acerca con sinceridad y quién trae segundas intenciones.
Isabela bromeó:
—Tengo veintitantos años, no quiero estancarme. Quiero aprovechar mi juventud para luchar. Ya cuando tenga una fortuna de miles de millones, entonces sí me echo a descansar.
—Cuando llegue a ese nivel, el dinero ya no importará tanto, ganarlo será solo por la satisfacción del logro.
Isabela pensó un momento y dijo:
—Puede ser. Ahorita no estoy a tu nivel, así que no lo entiendo. Déjame esforzarme unos diez o quince años a ver si alcanzo tu altura y tu fortuna.
Melina era una mujer de negocios exitosa por mérito propio, había ganado mucho dinero y además su familia le heredaría parte de la fortuna. Si se casaba, sus hermanos le darían una dote millonaria. Su riqueza era algo que Isabela difícilmente alcanzaría aunque trabajara toda su vida.
A menos que se subiera a la ola de los tiempos y aprovechara el crecimiento rápido.
Pero esa época dorada ya había pasado; hoy en día los negocios eran difíciles, el entorno económico no ayudaba y la competencia era cada vez más feroz.

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