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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 716

—Le pedí a Álvaro que me ayudara a investigar, no está bien molestar más a Adrián —dijo Isabela.

—¿Qué tiene de malo? Entre más gente investigue, mejor —respondió Mónica mientras sacaba su celular para enviarle un mensaje a Adrián pidiéndole ayuda.

Adrián le respondió que entendido, que Álvaro ya le había comentado y que ayudaría en lo que pudiera. Le pidió a Isabela que estuviera tranquila.

—Gracias, Mónica —dijo Isabela con gratitud—. Si no fuera por su ayuda, probablemente no habría aguantado hasta ahora.

Desde que volvió a la vida, confiaba más en Mónica que en su propia madre.

En aquel entonces, su relación con su madre no era muy buena. Fue Mónica quien intercedió y habló mucho con su madre, lo que permitió que la relación entre madre e hija se estrechara.

Después del divorcio, su madre se convirtió en su mamá al cien por ciento; ya nadie le robaría el amor materno.

—Somos mejores amigas, ¿para qué tanta formalidad? Tus asuntos son mis asuntos.

Mónica le sirvió un poco de comida a Isabela.

—Ándale, vamos a comer, que esos desgraciados no nos quiten el hambre.

—Está bien. Al mal tiempo, buena cara. Confío en que llegaré a viejita.

Dios le había dado una segunda oportunidad; no era posible que la dejara morir joven otra vez.

En esta vida, iba a vivir hasta ser una anciana.

***

Jimena Castillo se cambió a ropa negra y dejó los tacones por un par de tenis deportivos para caminar más ligera y hacer menos ruido.

Salió sola de la mansión de los Méndez y caminó hacia la salida.

Unos diez minutos después, salió del fraccionamiento y paró un taxi en la calle. Al subir, le dio una dirección al chofer y sacó un cubrebocas negro de su bolsillo para ponérselo.

Una hora más tarde, el taxi se detuvo en un cruce.

—Llegamos —le dijo el conductor volteando a verla.

Jimena bajó del auto.

Después de pagar, el taxista le dio un consejo bienintencionado:

—Señorita, este lugar está muy solo. Es peligroso para una mujer andar por aquí, mejor regrese pronto si no tiene nada urgente que hacer.

Jimena asintió apresuradamente.

—Súbete.

Ella dudó un momento.

—¿El señor te envió por mí?

—¡Súbete!

Jimena apretó los dientes y subió a la moto.

El hombre arrancó de inmediato, acelerando a tal velocidad que Jimena gritó varias veces:

—¡Más despacio! ¡Vaya más despacio!

El sujeto pareció no escucharla y mantuvo la velocidad. Varias veces Jimena estuvo a punto de caerse hacia atrás, así que, olvidando que era un desconocido, se abrazó instintivamente a su cintura.

El hombre de negro condujo a toda velocidad por un tiempo indefinido hasta detenerse en otro cruce donde esperaba un sedán negro. Del auto bajaron dos hombres y dos mujeres.

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