—Le pedí a Álvaro que me ayudara a investigar, no está bien molestar más a Adrián —dijo Isabela.
—¿Qué tiene de malo? Entre más gente investigue, mejor —respondió Mónica mientras sacaba su celular para enviarle un mensaje a Adrián pidiéndole ayuda.
Adrián le respondió que entendido, que Álvaro ya le había comentado y que ayudaría en lo que pudiera. Le pidió a Isabela que estuviera tranquila.
—Gracias, Mónica —dijo Isabela con gratitud—. Si no fuera por su ayuda, probablemente no habría aguantado hasta ahora.
Desde que volvió a la vida, confiaba más en Mónica que en su propia madre.
En aquel entonces, su relación con su madre no era muy buena. Fue Mónica quien intercedió y habló mucho con su madre, lo que permitió que la relación entre madre e hija se estrechara.
Después del divorcio, su madre se convirtió en su mamá al cien por ciento; ya nadie le robaría el amor materno.
—Somos mejores amigas, ¿para qué tanta formalidad? Tus asuntos son mis asuntos.
Mónica le sirvió un poco de comida a Isabela.
—Ándale, vamos a comer, que esos desgraciados no nos quiten el hambre.
—Está bien. Al mal tiempo, buena cara. Confío en que llegaré a viejita.
Dios le había dado una segunda oportunidad; no era posible que la dejara morir joven otra vez.
En esta vida, iba a vivir hasta ser una anciana.
***
Jimena Castillo se cambió a ropa negra y dejó los tacones por un par de tenis deportivos para caminar más ligera y hacer menos ruido.
Salió sola de la mansión de los Méndez y caminó hacia la salida.
Unos diez minutos después, salió del fraccionamiento y paró un taxi en la calle. Al subir, le dio una dirección al chofer y sacó un cubrebocas negro de su bolsillo para ponérselo.
Una hora más tarde, el taxi se detuvo en un cruce.
—Llegamos —le dijo el conductor volteando a verla.
Jimena bajó del auto.
Después de pagar, el taxista le dio un consejo bienintencionado:
—Señorita, este lugar está muy solo. Es peligroso para una mujer andar por aquí, mejor regrese pronto si no tiene nada urgente que hacer.

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