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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 717

Todos vestían de negro y llevaban cubrebocas y lentes oscuros, ocultando sus verdaderos rostros.

—Señora Jimena, disculpe, pero necesitamos revisarla para asegurarnos de que no lleve armas antes de subir al auto.

La expresión de Jimena cambió drásticamente.

—¿Revisarme?

—Solo traigo mi celular, no tengo nada más. ¿Para qué me van a revisar? Nadie se ha atrevido nunca a cachearme.

Ella era una Castillo, la señora de la casa Méndez y la mujer que el primogénito de los Silva deseaba. ¿Quién se atrevía a tratarla así? ¿Podrían soportar la furia de Elías y Rodrigo?

—Señora Jimena, si no la revisamos, no podemos llevarla ante el señor.

—Entonces no voy.

Jimena se negó al cacheo e intentó irse. Ya no quería ver a ese dichoso "señor" cuyo rostro ni siquiera conocía.

Ella había contactado a los subordinados de «El Cicatrices» para informarles sobre Isabela, pensando en usar a otros para hacer el trabajo sucio. Entonces, ese tal señor envió a alguien a contactarla. Esa persona tenía toda su información, incluso sabía cosas que hizo de niña, lo cual la asustó bastante. No sabía en qué momento la habían investigado tan a fondo.

El hombre misterioso le mandó decir que él también quería vengarse de «El Cicatrices» y que podían colaborar.

Jimena odiaba a Isabela con toda su alma, así que alguien dispuesto a colaborar era justo lo que necesitaba para deshacerse de ella.

Hoy la contactaron de nuevo, dándole la dirección del cruce y exigiéndole que fuera en taxi sin que nadie supiera su paradero.

Y ella fue.

Principalmente quería saber quién era ese hombre misterioso y qué relación tenía con «El Cicatrices», ya que parecía odiarlo a muerte ahora que estaba en la cárcel.

La curiosidad de Jimena la había llevado hasta ahí.

Las dos mujeres la revisaron y, tras confirmar que solo llevaba el celular, le permitieron subir al auto.

En cuanto Jimena subió, sintió un golpe doloroso en la nuca y perdió el conocimiento.

El hombre que había dicho que no le interesaban las casadas fue quien la dejó inconsciente de un golpe.

—Átenle las manos y tápenle los ojos. No queremos que despierte a medio camino y reconozca la ruta.

El hombre dio instrucciones a las dos mujeres y luego se subió al asiento del copiloto.

Las mujeres sacaron una cuerda para atar las manos de Jimena y le vendaron los ojos con una tela negra. Así, aunque despertara, no vería nada y no podría quitarse la venda con las manos atadas.

Una vez hecho esto, el auto arrancó. El motociclista se puso el casco y se fue en su moto.

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