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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 737

—Desde que casi secuestran a Elías e Isabela, me preocupa tu seguridad. Por las noches, trata de no salir si no es indispensable. ¿Qué tal si te pasa algo?

—Por eso le pedí a la secretaria que pasara por mí.

Jimena dijo con cierta intención:

—¿Y no te preocupa la seguridad de tu secretaria? Es una chica soltera, bastante guapa y con buen cuerpo. Si va a recogerte a altas horas de la madrugada, ¿qué tal si se topa con algún pervertido?

Rodrigo no detuvo sus movimientos y respondió con frialdad:

—Es mi secretaria, hace lo que yo le ordeno. Si le pasa algo, es su problema.

»Solo es una empleada, ¿por qué habría de preocuparme? Simplemente es eficiente en su trabajo y me da flojera estar cambiando de personal a cada rato, por eso la mantengo aquí.

»Mi amor, en mi corazón solo estás tú. A la única que amaré por siempre es a ti.

Rodrigo terminó de peinarla, abrió el alhajero, sacó un collar para ponérselo y le dio un beso en el cuello.

Lo cierto era que, hasta el momento, no había traicionado físicamente a Jimena.

Él y la secretaria aún no habían llegado a la cama.

Pero ella le había confesado que lo amaba y que quería ser su mujer.

Llevaba años luchando en Nuevo Horizonte y seguía rentando; su sueño era tener su propia casa.

En ese momento, Rodrigo se dejó llevar por la emoción y aceptó de inmediato. Le dijo que buscara un departamento y que, si le gustaba, él se lo compraría de contado para que tuviera su propio nidito.

Al recordarlo ahora, Rodrigo volvió a sentir la tentación.

Era verdad que amaba a Jimena, pero también era verdad que se moría de ganas por tener una aventura.

»Si fueras a verlo más seguido, te apuesto que en menos de un mes ya ni se acuerda de Isabela.

»Sin el título de ser la nuera de los Silva, quiero ver cómo sostiene su negocio. De verdad se cree muy capaz, pero la gente solo la buscaba por quedar bien con Elías.

Rodrigo siempre había menospreciado a Isabela.

—Pero Elías le dio una compensación enorme, le dejó todos los regalos de boda y hasta la mansión donde vivía antes. Fue demasiado generoso con ella; si no sintiera algo, no le habría soltado tanto.

Esa residencia era mucho más grande que la casa de los Méndez, y a Jimena le encantaba la zona y los jardines de esa propiedad.

Pero ahora era la casa de Isabela.

Se moría de la envidia.

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