—Desde que casi secuestran a Elías e Isabela, me preocupa tu seguridad. Por las noches, trata de no salir si no es indispensable. ¿Qué tal si te pasa algo?
—Por eso le pedí a la secretaria que pasara por mí.
Jimena dijo con cierta intención:
—¿Y no te preocupa la seguridad de tu secretaria? Es una chica soltera, bastante guapa y con buen cuerpo. Si va a recogerte a altas horas de la madrugada, ¿qué tal si se topa con algún pervertido?
Rodrigo no detuvo sus movimientos y respondió con frialdad:
—Es mi secretaria, hace lo que yo le ordeno. Si le pasa algo, es su problema.
»Solo es una empleada, ¿por qué habría de preocuparme? Simplemente es eficiente en su trabajo y me da flojera estar cambiando de personal a cada rato, por eso la mantengo aquí.
»Mi amor, en mi corazón solo estás tú. A la única que amaré por siempre es a ti.
Rodrigo terminó de peinarla, abrió el alhajero, sacó un collar para ponérselo y le dio un beso en el cuello.
Lo cierto era que, hasta el momento, no había traicionado físicamente a Jimena.
Él y la secretaria aún no habían llegado a la cama.
Pero ella le había confesado que lo amaba y que quería ser su mujer.
Llevaba años luchando en Nuevo Horizonte y seguía rentando; su sueño era tener su propia casa.
En ese momento, Rodrigo se dejó llevar por la emoción y aceptó de inmediato. Le dijo que buscara un departamento y que, si le gustaba, él se lo compraría de contado para que tuviera su propio nidito.
Al recordarlo ahora, Rodrigo volvió a sentir la tentación.
Era verdad que amaba a Jimena, pero también era verdad que se moría de ganas por tener una aventura.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda