Elías estaba perdiendo la paciencia con ella, Rodrigo ya sospechaba, y con Lorenzo Méndez trayendo una nueva esposa a casa, Jimena seguramente entraría en conflicto con Nuria Valdez. Sin nadie que la respaldara, Jimena no sería rival para Nuria.
Isabela estaba ansiosa por ver cómo se iba a estrellar Jimena.
—Isabela, por los veinte años que crecimos casi como hermanos, déjame ver las cámaras de tu casa —suplicó Rodrigo.
Isabela se mantuvo firme en su negativa:
—Las cámaras de mi entrada probablemente no captaron nada, y aunque lo hubieran hecho, no quiero meterme en problemas.
—No sé nada. Si quieres saber la verdad, busca por otro lado. Hay mucha gente viviendo en esa zona, ¿no puedes preguntarles a ellos?
Rodrigo miró fijamente a Isabela durante un largo rato y volvió a preguntar:
—¿De verdad no me vas a dejar verlas?
—Ya te dije, no quiero involucrarme en chismes ni pleitos.
Rodrigo, furioso, golpeó la mesa varias veces, pero Isabela ni se inmutó. Mantuvo su postura firme de no mostrarle nada.
—Isabela, ahora te crees muy chingona, ¿verdad? Con dinero y poder ya no respetas a nadie. Está bien, no me enseñes nada. ¿Crees que no puedo averiguarlo por mi cuenta?
—Rodrigo, no me creo la gran cosa, ni miro a nadie por encima del hombro. De verdad no sé nada y de verdad no quiero problemas. A veces, saber demasiado es peligroso. Y tú, bájale a tu curiosidad.
—Mientras no sea asunto tuyo, mejor hazte de la vista gorda. No es bueno escarbarle tanto a todo; a veces, andar buscándole el pelo al huevo solo trae problemas.
—En esta vida hay que saber cuándo cerrar un ojo y dejar pasar las cosas. Si te tomas todo tan a pecho y buscas respuestas para todo, vas a vivir amargado y cansado.
Rodrigo la cuestionó: —¿Acaso sabes algo?
—Ya te dije que no sé nada. Y aunque supiera, si no me incumbe, ¿para qué meterme? Aunque hubieran peleado en la puerta de mi casa, si no tiene que ver conmigo, a lo mucho escucho el chisme, pero no muevo un dedo.

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