Jimena definitivamente había ido a buscar a Elías. Tal como él sospechaba, ella quería tener algo con él, pero Elías la rechazó. Luego Jimena lloró y armó un escándalo; en el pasado, cada vez que ella estaba triste, a Elías se le partía el corazón.
Si ella lloraba, Elías hubiera sido capaz de arrancarse el corazón para dárselo.
Pero anoche, al parecer, sus lágrimas no surtieron efecto.
Y si ni siquiera sus lágrimas funcionaron, entonces lo que ella intentó fue... ¡quería acostarse con Elías!
Por más que Elías la amara, siempre se había frenado a tiempo, nunca se había pasado de la raya. Ahora, aunque Elías estaba soltero, Jimena seguía siendo su esposa, y ante el mundo, ellos dos eran un matrimonio feliz.
Por eso, Elías jamás aceptaría que ella se le ofreciera así, ni aunque llorara y pataleara. Esa fue la razón por la que sus lágrimas fallaron.
Rodrigo sentía que le hervía la sangre del coraje.
Recordó lo efusiva que había estado Jimena hoy, aferrándose a él como loca, como si quisiera exprimirlo.
Seguro era porque anoche se quedó con las ganas.
No, espera. Anoche ella ya estaba muy intensa. Rodrigo recordaba vagamente lo que pasó antes de quedarse dormido.
Recordaba que su secretaria lo llevó a casa. Cuando el auto se detuvo frente a la villa, él y la secretaria estuvieron coqueteando un buen rato. Él estaba muy prendido, pero la secretaria no accedió y lo metió a la casa.
Cuando Jimena lo atendió, él quiso tener acción con ella, pero a mitad del acto, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
De lo que pasó después, no recordaba nada.
¿Fue porque la dejó a medias que Jimena no aguantó y fue a buscar a Elías?
Sin importar la razón, que Jimena fuera a buscar a Elías estaba mal.
Él le permitía llevarle comida o invitarlo a cenar, ¡pero no le permitía ofrecerse a él! ¡Ella ya era su esposa, su mujer!
¡A menos que él la mandara al carajo, ella iba a ser suya para siempre!
Rodrigo regresó a la empresa.

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