Dos vidas como esposos, y en ninguna llegaron a ser una pareja de verdad.
Eso solo demostraba una cosa: aunque el destino los cruzaba, no estaban hechos para estar juntos. No había manera de que compartieran una vida.
—Ya se soltó el agua, entremos a platicar —dijo Isabela.
Álvaro la acompañó al interior.
—Ana, sírvele un vaso de agua a Álvaro y trae algo de fruta, por favor —ordenó Isabela en cuanto entraron.
Ana saludó a Álvaro con una sonrisa, le sirvió el agua y trajo un plato con fruta fresca recién lavada.
—Ana, vino Doña Fátima. Ve a ver si necesita algo en la casa de al lado —le pidió Isabela.
Ana sabía que Isabela la estaba mandando fuera para tener privacidad. No puso objeción, respondió con respeto y salió de la sala principal.
Cuando Ana se fue, Isabela se volvió hacia Álvaro:
—Ana y los demás siguen aquí porque Elías se empeñó, aunque ahora soy yo quien les paga el sueldo. Los guardaespaldas son muy profesionales.
»Ana me trata con mucho respeto, es muy buena, pero su lealtad siempre será para Elías. Al final del día, lo vio crecer y tiene toda su confianza.
El mayordomo principal de la mansión de la familia Silva era el esposo de Ana.
Toda esa familia trabajaba para los Silva.
—Llevan años con Elías, conocen bien el lugar y son gente eficiente. No está mal que se queden. Ana es la persona de mayor confianza para Elías; que la dejara contigo fue su manera de asegurarse de que estuvieras bien cuidada.
Si él fuera Elías, habría hecho lo mismo: poner a su gente de confianza cerca de Isabela para estar tranquilo.

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