Isabela tomó el paraguas y se lo entregó a Álvaro.
—Tú también estás cansado, regresa rápido y descansa bien. Hoy hay que dormir temprano.
Isabela acompañó a Álvaro hasta la puerta de la casa.
Álvaro, reacio a irse, volteó y le preguntó:
—Isabela, ¿puedo invitarte a desayunar mañana en la mañana?
Isabela respondió:
—Cuando bajo, Ana ya tiene listo el desayuno todos los días.
—Dile a Ana que mañana no prepare nada para ti, yo te invito. Si no tienes tiempo, te lo llevo a tu oficina.
Isabela lo pensó un momento y dijo:
—Mejor ven tú y yo te invito a desayunar aquí. Es para agradecerte que llamaras a la señora Fátima para rescatarme.
Álvaro no podía pedir más.
—Entonces vendré temprano. Si llego con tiempo, yo mismo cocinaré el desayuno para que pruebes mi sazón.
—Se supone que yo invito, qué pena que termines cocinando tú.
—No pasa nada. Que me des el honor y no te disguste mi comida ya es ganancia.
Isabela sonrió.
—Yo no soy melindrosa con la comida.
Fuera rica o fea, ella se la comía. A menos que supiera horrible, no se obligaría a tragarla.
Su propia sazón no era mala; en su vida pasada cocinó muchísimas veces para Elías, pero nunca recibió ni un solo elogio de su parte.
Desde que renació, rara vez volvía a meterse a la cocina. Ahora, si Elías quería probar algo hecho por sus manos, lo tenía difícil.

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