Elías guardó silencio.
Después de un largo rato, soltó un suave «ajá» y dijo en voz baja:
—Si ni siquiera con tu ayuda, abuela, logro que Isabela cambie de opinión, la dejaré ir. Dejaré que sea feliz con Álvaro.
Él y Álvaro habían sido amigos por años; conocía perfectamente la calidad humana de Álvaro.
Si Isabela lo elegía a él, sería muy feliz, y eso lo dejaría tranquilo.
—Primero, tienes que alejarte de Jimena. Ve cortando el contacto hasta dejarlo en cero. Ella fue el motivo que tronó tu matrimonio con Isa; si no arreglas eso, por más que le jures y le demuestres, Isa no te va a creer.
Elías asintió.
—Lo sé, abuela. Antes sentía que olvidar a Jimena era muy difícil, pero ahora que casi no voy a su casa y he rechazado sus invitaciones una tras otra, me doy cuenta de que decirle que no y dejarla atrás no es tan complicado.
—Eso es bueno.
—Mañana te llevaré a disculparte con Isa por tu mala actitud de esta noche. Después de la disculpa, nos regresamos. Cada quien a lo suyo.
—Abuela, ¿no podemos desayunar mañana con Isabela?
—Si ella no nos invita, no lo propongas tú. Te dije que no la presiones tanto, ¿tan rápido se te olvidó?
La señora Fátima, desesperada al ver que no entendía, le dio unos golpecitos en la cabeza con el dedo.
—¡Ay, muchacho! Andas tan desesperado que ya ni piensas y no sabes ni qué estás haciendo.
Tras el regaño de su abuela, Elías no se atrevió a replicar y solo pudo sonreír para apaciguarla.
—Y otra cosa: de ahora en adelante, no hables mal de Álvaro frente a Isa.
La señora Fátima continuó:
—Si te pones a atacar a Álvaro, Isa solo pensará que eres una mala persona. Ella ya sabe más o menos qué clase de hombre es Álvaro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda