Elías se quedó completamente rígido.
La miró con los ojos muy abiertos, fijándose en el hermoso rostro que tenía a centímetros del suyo.
Isabela fue muy atrevida al taparle la boca con la suya, pero después de hacerlo, se quedaron mirándose fijamente.
Él tenía los labios finos. Dicen que los hombres con labios finos son desalmados.
Para ella, él era muy desalmado.
Pero para Jimena, era profundamente amoroso.
Isabela le mordió el labio con fuerza y luego se enderezó.
—Si es un resfriado viral, ya me lo pasaste. Como querías.
Isabela se limpió la boca, pero dijo esto último con un poco de nerviosismo.
Él había sentido el dolor de la mordida, que había sido tan fuerte que incluso le había sacado sangre.
¡Lo había lastimado!
Elías se tocó el labio adolorido y, al ver sangre en su mano, se levantó.
—¡Isabela! —exclamó con frialdad—. ¡Me mordiste y me rompiste el labio!
»¿Qué eres, un perro o qué?
La mordida le dolía a morir.
Además, nunca había besado a una mujer.
Lo de Isabela no había sido un beso, sino una mordida, pero sus labios se habían tocado, así que podría decirse que lo había besado.
La ira y la vergüenza se apoderaron de Elías.
Había amado a Jimena durante tantos años y nunca había tenido un gesto tan íntimo con ella.
Isabela… Isabela… ¿cómo se atrevía?
Le había clavado los dientes como un animal. ¡Le dolía muchísimo!
¿Acaso no sabía besar?
—¡Pues sí, te mordí! ¿Por qué dices cosas tan hirientes? La salud de la mujer que amas es importante, ¿y yo qué? ¿No soy persona? ¿Mi salud no importa?
»Yo no te provoqué el resfriado. No importa si me contagias a mí, pero a ella no.
»¿Está embarazada? ¿Es tuyo?
—¡Isabela, qué estupideces estás diciendo! ¡Entre Jimena y yo no hay nada!
¿Cómo no se había dado cuenta antes de que era una interesada?
Antes, ella se preocupaba mucho por él, lo amaba profundamente. Si él estornudaba, ella se preocupaba durante horas.
Ahora, él tenía fiebre, dolor de cabeza, se sentía fatal, y no solo no le importaba, sino que además le rompía el labio de una mordida.
Y encima decía que estaba dispuesta a interpretar el papel de señora Silva por los trescientos mil pesos de mensualidad que le daba.
¡Dinero, dinero, dinero! ¡Todo por el dinero!
—¡Isabela, has cambiado! ¡Ya no te preocupas por mí, ya no me amas!
Elías acusó a su esposa de haberle sido infiel en sus sentimientos.
Isabela soltó una risa sarcástica. Él no tenía idea de cuánto le dolía el corazón.
—Si te amo, ¿tú me amarás a mí?
—Isabela, ya te lo dije. Puedo darte el estatus de señora Silva, permitirte disfrutar de una vida de lujos y comodidades, pero no puedo darte amor. Solo podemos ser un matrimonio de nombre.
»Amo a Jimena. En mi corazón solo hay lugar para ella, no cabe una segunda mujer.
»No te busques sufrimientos innecesarios.

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