Isabela le contestó: [No pasa nada, tú sigue en lo tuyo].
Después de pensarlo un momento, decidió enviarle una nota de voz a Álvaro:
—Valentina vino a buscarme.
Al instante, Álvaro la llamó por teléfono.
Preguntó angustiado:
—Isabela, ¿te hizo algo? ¿No te trató mal? ¿Para qué te buscó? Si se atrevió a tocarte un solo pelo, juro que le corto las manos.
Era la primera vez que Isabela escuchaba a Álvaro hablar con tanta dureza.
Siempre le había parecido un hombre caballeroso y elegante. Aunque Elías alguna vez dijo que Álvaro no era ninguna perita en dulce y que solo fingía ser bueno frente a ella.
Alguien criado para ser heredero de una gran familia no podía ser un santo, aunque tampoco un villano desalmado.
Ni la misma Isabela se atrevería a decir que ella era una santa.
—Álvaro, ¿crees que soy tan fácil de intimidar? Aunque no sé artes marciales, me defiendo bastante bien. No olvides que Elías y yo aguantamos frente a una banda de secuestradores hasta que llegó la policía.
Al recordar esa noche, a Isabela todavía le sorprendía la fuerza que sacó de la nada.
En ese momento solo tenía una idea en la mente: venganza. No podía dejar escapar a los asesinos que la humillaron y mataron en su vida pasada, y tampoco podía permitir caer en sus garras otra vez.
Por eso se defendió con todo, y junto con Elías lograron resistir.
Cuando «El Cicatriz» intentó huir en coche, su único pensamiento fue que no escapara, así que lo persiguió y embistió su auto hasta volcarlo, logrando que los atraparan.
Ahora, «El Cicatriz» y su banda ya se estaban pudriendo en la cárcel.
—¿Qué fue lo que te dijo Valentina? —preguntó Álvaro con voz grave.
Le molestaba profundamente que hubiera ido a molestarla.

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