Su voz era magnética y suave, como una brisa rozando la superficie del agua que resonaba dulcemente en sus oídos.
Talía se dejó llevar inconscientemente por la melodía de sus palabras, percibiendo en ellas un rastro de nostalgia y cierta soledad.
Ella parpadeó, evitando la mirada intensa y brillante de Pelayo. Mitad por salir del paso y mitad por pura honestidad, respondió:
—Es un poema precioso. El nombre le queda perfecto.
El poema era indudablemente hermoso y el nombre tenía mucho sentido, pero sentía que aún faltaba algo entre ellos para que esas palabras cobraran un significado real.
Pasaron mucho rato en el Jardín del Sosiego. Al irse, Pelayo preparó un par de cajas con postres para que Talía se los llevara a Tessa y Tiago. Ella aceptó encantada.
Tenía que admitir que había sido un día maravilloso: disfrutó de vistas hermosas y comida exquisita. Si no hubiera sido por la fugaz incomodidad de aquella tensión romántica, a Talía le habría gustado quedarse en el jardín por mucho más tiempo.
«Bueno, será para la próxima», pensó. «Quizás la próxima vez traiga a los niños».
Al dejar a Talía en su casa y justo antes de que ella bajara del auto, Pelayo la llamó.
—¡Ay! Casi me olvido de algo muy importante.
—¿De qué se trata?
—Pronto será el cumpleaños de mi madre y me gustaría pedirte que le diseñes un vestido para su fiesta, claro, si tienes tiempo. —Fue directo al grano.
—Pero no conozco los gustos de tu madre —dijo Talía—. Sin saber sus preferencias o sus medidas, es difícil aceptar el trabajo.
—Eso no es problema. Cuando estés desocupada nos vemos y te doy todos los detalles que necesites. Eres una gran diseñadora, no me vas a decir que no, ¿verdad?
Talía lo miró con fingida molestia.
—Ya acepté tus sobornos, ¿cómo podría decirte que no? —bromeó, levantando las cajas de postres.

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