—Mamá, quiero quedarme a buscar a mi hermanita.
Aunque normalmente le encantaba pelear con Tessa, y siempre se burlaba de ella por ser glotona y un poco despistada, para Tiago, ella era su sangre, su persona más cercana en el mundo. No soportaba la idea de que le pasara algo.
Y ahora que se había perdido justo cuando él la llevaba de la mano, el miedo, la culpa y el remordimiento lo consumían. Solo quería encontrarla rápido; no estaría tranquilo hasta verla a salvo.
—Mi amor, hazme caso. Eres muy pequeño y esto no es seguro. Vete con la Tía Gema, ¿sí? Te prometo por lo que más quieras que encontraré a tu hermanita.
Le tomó bastante tiempo a Talía lograr convencerlo. Luego se giró hacia Gema y le dio unas palmaditas suaves en el hombro.
—Por favor, llévate a Tiago a casa. Y desinféctate esos raspones cuanto antes, no quiero que te queden cicatrices. Cuídalo mucho, Pelayo y yo iremos a buscar a Tessa.
Talía había notado las heridas de Gema en cuanto salió. Aunque Tessa estaba desaparecida, no culpaba a su amiga.
En medio de tanto caos, ya era un milagro que hubiera logrado sacar a Tiago ileso. Como madre, sentía que había fallado al exponer a sus hijos a tanto peligro.
Gema se sentía terrible. Si la familia Blasco había ido a esa premiación, era por su culpa. Sentía que todo era responsabilidad suya.
Pero sabía que ese no era el momento para lamentaciones.
—¡Claro! Déjame a Tiago, no te preocupes. Te juro que no dejaré que le pase absolutamente nada.
Sonó como una promesa solemne hacia Talía, pero más aún como un juramento para sí misma.
Una vez que Gema y Tiago se fueron, Talía y Pelayo se separaron para buscar pistas de Tessa.
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