Comenzó a dudar seriamente. ¿Era ese de verdad el mismo Luciano Lara que siempre había sido un cubo de hielo ambulante, un témpano sin un ápice de romance en las venas? ¿Cuándo se había curado? ¿Y en qué momento aprendió a coquetear así?
¡Aquellas frases tan petulantes y ridículas saliendo de la boca del imponente presidente! Ni siquiera Benigno podía seguir escuchando sin sentir repulsión.
Con la cabeza dando vueltas ante tal escena, las manos del médico aplicaron fuerza de más sin querer. Se lo tenía ganado.
—¡Aaaah!
El dolor repentino le arrancó un gemido desgarrador a Luciano. Fue un grito tan agónico que helaba la sangre.
—¿De verdad duele tanto? —preguntó Benigno, incrédulo. Él conocía la resistencia de su amigo; sabía que soportaría un golpe así sin pestañear. No le cabía la menor duda de que estaba actuando.
—¡Por supuesto que duele! ¿Dónde compraste tu título de especialista? Tienes las manos tan pesadas que temo por la vida de tus pacientes, seguro los matas de dolor.
—¡Oye, no te pases de la raya! —Benigno fulminó con la mirada a Luciano, notando perfectamente el destello travieso en sus ojos. «¿Qué clase de veneno se tomó este infeliz hoy? ¡Está insoportable!».
Pero a Luciano le dio igual su furia. Le apartó la mano con brusquedad y se negó a gritos:
—¡No quiero que me toques! Eres el médico más salvaje que he visto en mi vida. Si sigues, me matarás de dolor.
Oculto a la vista de Talía, Luciano le guiñó un ojo a Benigno con tanta intensidad que casi se le salta. El mensaje era evidente: quería que ella lo curara.

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