—¡No se llama Lily, se llama Ximena Heredia!
Talía bajó las manos de golpe y lo corrigió con un tono de indignación y una furia inesperada.
—Está bien, está bien. Ximena Heredia, ¡como digas!
Luciano no comprendía por qué se ponía tan a la defensiva por un simple nombre.
Era solo una mujer que no tenía nada que ver con él. ¿Por qué le exigía que recordara su nombre?
¿No le daba miedo que él se fijara en otra mujer o que empezara a pensar en ella al llamarla por su nombre real?
¿Acaso no sentía ni una pizca de celos?
Bueno, era evidente que no. Con la actitud que Talía le mostraba últimamente, los celos estaban fuera de la ecuación.
—Vámonos a la oficina. Aún tenemos mucho trabajo pendiente.
Talía no quería seguir discutiendo. En el fondo, sabía que estaba descargando su frustración con la persona equivocada y siendo un poco irracional.
Ver el dolor de Ximena la había transportado a su propio pasado. Ambas habían conocido a la persona incorrecta en la flor de su juventud.
Ese amor incondicional que ellas creían profesar no valía absolutamente nada a los ojos del hombre que amaban. A Talía le dolía el corazón por Ximena, y también por la joven soñadora que ella misma había sido.
El mundo era un lugar cruel. Definitivamente, era mejor concentrarse en hacer dinero para mantener a sus hijos.
Al notar su hostilidad, Luciano no quiso presionar más. Asumió su rol de chofer y la llevó directamente al corporativo.
***
—Alguien tocó mis cosas.

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