«Solo los niños son así de inmaduros; yo soy un adulto», pensó Luciano con frialdad.
Después de organizar las pruebas enviadas por el misterioso informante, Luciano revisó las grabaciones de seguridad de la oficina de Talía. Al ver el rostro en el video, enarcó una ceja. Tal y como señalaban los datos del hacker, el culpable era alguien del interior: Sara Escudero, una diseñadora junior del Departamento de Diseño.
Al confirmar su identidad, Luciano frunció levemente el ceño.
Tras la junta donde se habían discutido los diseños para la próxima temporada, se le había encargado a Sara recopilarlos para enviarlos al Departamento de Producción, donde se harían las muestras.
No le sorprendía que ella fuera la responsable de la filtración; cualquier empleado del departamento había visto los bocetos y tenía la oportunidad. Lo que le resultaba incomprensible era por qué una simple diseñadora junior querría ir en contra de Talía. Ellas no tenían casi ninguna interacción, mucho menos conflictos personales. ¿Cuál era su verdadero propósito?
Luciano dudaba que fuera solo por dinero. Si esa fuera su motivación, podría haber robado y vendido absolutamente todos los bocetos; de ese modo, habría ganado una fortuna mucho mayor.
Los diseñadores del Corporativo Lara no solo eran los mejores de la ciudad, sino de todo el país. Cualquiera de ellos era un talento excepcional, y sus obras se cotizaban a precios exorbitantes en el mercado. Si hubiera vendido todo de un plumazo, habría obtenido el dinero al instante.
Al no encontrar una respuesta clara, Luciano decidió no gastar más energía en suposiciones. Sacó su celular y marcó un número.
—Señor Lara, ¿qué nuevo trabajo me tiene preparado? —respondió la voz al otro lado de la línea. Evidentemente, sabía que cuando Luciano llamaba, no era para una charla amistosa.
—Quiero que investigues a una persona. Ya te envié la información. Tienes una hora para decirme absolutamente todo lo que ha pasado en su vida recientemente.
—¿Una hora? ¿No cree que es muy poco tiempo, jefe?
—¿Qué pasa? ¿Acaso no puedes hacerlo? —preguntó Luciano en un tono desafiante, usando a propósito la psicología inversa.
—¡Por supuesto que puedo! Para mí no existe el «no puedo», solo el «no quiero». ¡Nunca dude de mi nivel de profesionalismo, Señor Lara!

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