En ese momento, se generó un alboroto en la entrada del salón. Los pequeños grupos de empresarios que conversaban se dirigieron de inmediato hacia la puerta.
—El señor Lara ha llegado, vayamos a saludarlo.
—No esperaba que viniera personalmente a la gala de esta noche. El nivel de este evento es más alto de lo que pensaba.
—¡Claro! La organizó la matriarca de la familia Montero. El señor Lara tenía que hacer acto de presencia por respeto.
—Así es, así es.
Al escuchar los murmullos, el rostro de Talía palideció. Estaba a punto de comerse una cereza, pero aflojó los dedos por la impresión y la jugosa fruta cayó al suelo.
¿El señor Lara? ¿Era Luciano?
Antes de regresar al país, Talía sabía que existía la posibilidad de volver a encontrarse con él. Al fin y al cabo, la ciudad Montefuerte no era tan grande y ambos se movían en los mismos círculos. Lo raro habría sido no topárselo.
Había imaginado mil escenarios sobre cómo sería ese reencuentro, pero no esperaba que sucediera tan de repente.
Habían pasado tantos años que creyó haber borrado a ese hombre de su mente. Los años que estuvieron juntos no fueron precisamente un cuento de hadas. Aun así, al tenerlo cerca, no pudo evitar sentirse nerviosa.
Pero al recordar la desgracia de su padre hace cinco años, el sufrimiento de su madre y cómo ella misma había estado al borde de la muerte, se obligó a reaccionar. Tomó una copa de vino tinto de la bandeja de un mesero y se la bebió de un trago. Solo así su corazón logró tranquilizarse.

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