Luciano se acercó con pasos rápidos, recogió el papel y fijó la vista en él. En un instante, su rostro, siempre impasible y frío, se desmoronó.
¡El acuerdo de divorcio!
Era el mismo documento que él le había entregado a Talía frente a Doña Leonora, con su firma ya estampada en la parte inferior.
Pero en la sección de firmas, había otro nombre: ¡Talía!
Luciano no podía creerlo. ¡Talía había firmado el acuerdo de divorcio! Era algo que jamás se habría esperado.
¡Cómo pudo, cómo se atrevió a firmarlo!
Esa mujer que lo amaba con locura desde la universidad, que incluso se le había declarado frente a todos sus compañeros de clase, y que no retrocedió ni un centímetro cuando él la rechazó.
Al principio, Luciano solo pensaba que la chica era atrevida. A veces le resultaba molesto que lo persiguiera tanto, porque desde niño tenía un carácter frío y distante, casi aislado de cualquier tipo de emoción.
Sin embargo, Talía fue la primera mujer que logró alterar sus emociones. Muchas veces, un simple gesto de ella lograba resquebrajar la máscara de indiferencia que él llevaba puesta.
Esa sensación lo incomodaba profundamente, por lo que siempre la trató mal, llegando incluso a ser cruel con sus palabras.
Pero a pesar de todo, ella seguía persiguiéndolo incansablemente, e incluso lo seguía a escondidas, preparándole toda clase de regalos para hacerlo sonreír.
Hasta que, por un cúmulo de malentendidos, terminaron casados. Todo siguió igual que en la universidad: ella siempre apasionada, buscando mil formas de complacerlo, mientras él aceptaba su amor como si fuera una obligación natural, sin expresar jamás un mínimo sentimiento hacia ella.

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