No, imposible. Seguramente Luciano estaba molesto por tener que ver a esa mujer otra vez, no por verla acompañada de otro hombre.
Sí, tenía que ser eso.
Pero cuanto más intentaba convencerse, más crecía la inquietud en su pecho. Un mal presentimiento la invadió.
Hace cinco años, Jovita había aprovechado que Luciano salió a fumar para contestar su celular.
Pensó que sería un asunto de negocios, pero al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
Al contestar, antes de que pudiera decir nada, la voz desesperada de Talía resonó al otro lado de la línea.
Jovita notó al instante que Talía estaba en un estado crítico, como si se enfrentara a una tragedia, y no dejaba de preguntar por Luciano.
Pero Jovita jamás le habría facilitado las cosas. Aún le tenía preparado un gran espectáculo, y si Luciano se enteraba, le arruinaría la función.
Luciano ignoraba la crisis de los Blasco, pero ella la conocía a la perfección, de hecho, había puesto bastante de su parte para que ocurriera. Por supuesto que no dejaría que Talía se comunicara con él.
Así que la rechazó con frialdad, colgó y apagó el teléfono de Luciano. Luego se encargó de retenerlo en el hospital durante tres días con mil excusas. Solo le permitió irse cuando el colapso de la familia Blasco fue irreversible.
El resultado fue perfecto: Talía firmó el acuerdo de divorcio y desapareció de sus vidas. La alegría de Jovita no conoció límites al saber que al fin había echado a esa mujer de la mansión y del lado de Luciano.
Había entrado en pánico cuando se enteró de que Luciano se había enfrentado a Doña Leonora para defender a Talía.
Por eso manipuló a la señora para que montaran esa escena y así obligarlo a divorciarse de una vez por todas.
Sin embargo, al recordar la expresión desolada y casi enloquecida de Luciano cuando vio el acuerdo firmado por Talía, Jovita sentía temor. Nunca supo si su reacción fue por el abandono repentino de su esposa o por algo más profundo.

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