Luciano Lara le lanzó una mirada fulminante a Renato.
—¡No sabes un carajo! —espetó.
Luciano sentía que Renato se estaba tomando demasiadas atribuciones últimamente; ¿cómo se atrevía a querer darle consejos a Tais?
Sin embargo, considerando que lo hacía pensando en el bienestar de ella, decidió no darle mayor importancia.
—Hiciste un buen trabajo hoy. ¡Te daré un bono!
Lo principal era que le había proporcionado información útil. ¡Este secretario no estaba nada mal!
Renato se quedó desconcertado. Aquella felicidad había llegado de manera demasiado repentina. ¿Desde cuándo el señor Lara era tan amable como para ofrecerle un bono por iniciativa propia? Por un momento, sonrió como un completo idiota, sin darse cuenta de su propia expresión.
—Oiga, recuerdo que esta noche es la gala benéfica en el Hotel Imperial del Río. El Corporativo Lara también fue invitado, ¿verdad?
—¡Por supuesto! ¿Qué gala benéfica en la ciudad Montefuerte no invitaría a nuestro presidente?
Renato tenía una expresión de orgullo, sintiéndose parte de ese prestigio.
Al escuchar eso, Luciano hizo un gesto con la mano.
—¡Tráela!
—¿Qué cosa? —preguntó Renato, sin entender.
—¡La invitación! —Luciano frunció el ceño, ya molesto.
—¡La invitación para la gala en el Hotel Imperial del Río de esta noche!
Luciano pronunció cada palabra con los dientes apretados, dejando en claro que su paciencia estaba a punto de agotarse.
—Ya no está —respondió Renato con honestidad, sin captar la gravedad de la situación.
—¿Que... que ya no está? A ver, ¿cómo que la invitación ya no está?

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