Luciano cerró los ojos de golpe. Apretó las mandíbulas y cerró las manos en puños.
—Benigno... Vega...
Cada sílaba pareció salir de entre sus dientes, dejando en evidencia su furia homicida.
Al ver que había empapado la cara del presidente con agua, Benigno se sintió un poco avergonzado. Agarró un pañuelo de papel de la mesa y trató de secarlo.
—¡Uy, perdóname! No fue a propósito. ¡Me tomaste por sorpresa, no es mi culpa!
Luciano le apartó la mano de un manotazo y tomó los pañuelos para secarse él mismo. Sin embargo, por más que se limpiaba, sentía que había un olor extraño en el ambiente.
Se llevó la manga a la nariz y el hedor casi lo desmaya.
—¿Qué diablos comiste? ¡Apestas! ¡Qué asco!
—¿Apesto?
Benigno se tapó la boca con la mano y exhaló para oler su propio aliento.
—No huelo mal, solo tengo un poco de aroma a alcohol.
Sus licores no eran nada baratos, ¿cómo iban a apestar?
—Además del alcohol, tienes un tufo... a perfume de mujer.
—¡Ay, por favor! Te aconsejo que no te metas con esas mujeres, tarde o temprano te arrepentirás —le advirtió Luciano, casi por compasión, al ver su actitud de playboy.
—¿Arrepentirme de qué? Llevo años siendo un seductor, pasando de flor en flor sin comprometerme. ¡Es la mejor vida del mundo! —Benigno no le dio ninguna importancia.

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