Una sutil sonrisa se dibujó en los labios de Luciano mientras pronunciaba esas dos palabras.
Talía abrió la boca, atónita, y lo señaló con un dedo tembloroso.
—¿Tú... tú compraste la Mansión Blasco?
—Sí.
La respuesta fue corta y serena. Luciano se dio la vuelta, se sentó en la silla y se quedó observando, complacido, el rostro en shock de la mujer.
—¿Por qué la compraste?
Ella sabía que el comprador misterioso había pagado el doble de su valor real, un precio completamente absurdo para una propiedad como esa.
¿Qué intenciones ocultas tenía al comprarla?
Luciano quiso decirle la verdad: «Lo hice por ti». Pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—Me gusta.
Escuchar sus respuestas secas, de una o dos palabras, empezó a irritar a Talía.
—¿Te comió la lengua el gato? ¿No puedes usar oraciones completas?
Al ver que estaba a punto de estallar de frustración, la sonrisa en el rostro de Luciano se hizo más amplia.
Sabiendo que estaba jugando con fuego, decidió no provocarla más.
—Me gustó la Mansión Blasco y por eso la compré, ¿por qué otra razón lo haría?
—¡Nunca en tu vida has pisado esa casa! ¿Qué te va a gustar?
Si la memoria no le fallaba, durante los cuatro años que ella lo persiguió, y los tres años que estuvieron casados, Luciano jamás había ido a la residencia de su familia. ¿A quién pretendía engañar?
No le creía ni una sola palabra.
Al escucharla, una profunda punzada de culpa atravesó el pecho de Luciano.
Era cierto, nunca se había dignado a visitar a la familia de su esposa. Ella debía haberse sentido tan decepcionada... Quizá por eso había sido capaz de irse hace cinco años y no mirar atrás.
Pero ahora que había vuelto, él estaba decidido a compensarla por todo. Se hizo esa promesa en silencio, aunque en voz alta solo dijo:

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