Al revivir cada detalle del pasado, Talía no pudo contenerse más y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas de forma descontrolada.
—Defendiste a Jovita a ciegas, justo en mi cara, sin siquiera escucharme. ¿Y qué más dijiste? Déjame recordar...
Fingió pensar por un segundo, y luego asintió con sarcasmo.
—¡Ah, claro, ya me acordé! Me dijiste que, si yo no quería ocupar el puesto de señora Lara, sobraban candidatas que sí querían. También dijiste que, si le pasaba algo al bebé de Jovita, me destruirías. ¿Ya se te olvidó todo eso?
—Ah... y otra cosa. Le dijiste a tu madre que... que solo te habías casado conmigo para que yo pagara por mis pecados. ¿Es mentira, acaso?
Talía luchaba por contener las lágrimas, pero caían como perlas de un hilo roto, fuera de su control.
Forzó una sonrisa deslumbrante, intentando mantener un atisbo de orgullo, de dignidad.
Durante estos cinco años, había luchado con garras y dientes para no pensar en aquel maldito día.
Ese día concentraba todo el dolor de su vida. Recordarlo era como si alguien arrancara de cuajo una costra gruesa, llevándose piel y carne viva en el proceso, dejándola sin aire.
Luciano la miraba paralizado. La veía llorar, la veía desgarrarse por dentro con cada palabra, y solo podía negar con la cabeza una y otra vez.
Sentía como si le hubieran clavado un arpón oxidado directo en el pecho. El dolor era asfixiante.
Nada de eso era cierto, sus intenciones nunca fueron esas. Quería gritárselo, pero la realidad lo aplastaba: él había dicho esas palabras. ¿Cómo podía justificarse?
—Talía, por favor, cálmate...
Estaba al borde del colapso, y Luciano, aterrorizado de que le pasara algo, quiso acercarse. Necesitaba abrazarla. Necesitaba consolarla.
Y sin pensarlo, lo hizo.
La envolvió en sus brazos, apretándola con fuerza contra su pecho.

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